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Urbanización contra las Ciudades

Murray Bookchin, 1987 *

El título de este capítulo ha sido formulado deliberadamente para crear una paradoja en la mente del lector. ¿Cómo, si es justo preguntarlo, podemos hablar de que la urbanización va contra las ciudades? Ambas palabras, “urbanidad” y “ciudad”, comúnmente se toman como sinónimos. De hecho, como la sabiduría convencional lo tomaría, una ciudad es por definición una entidad urbana, y una entidad urbana, recíprocamente, ciertamente es vista como una ciudad. Sin embargo me tomaré la molestia de demostrar que ambas ideas se encuentran en álgido contraste; de hecho, de alguna manera son antagónicas. Mis razones para hacer una diferenciación tan poco ortodoxa entre urbanización y citadinificación no pretenden convertirse en un juego semántico de palabras. “La urbanización contra las ciudades” quiere enfocarse lo más finamente posible en la crisis humana y ecológica tan profunda de la cual apenas somos conscientes de su existencia, y muchos menos de su grave impacto en la libertad social y en la autonomía personal. Me refiero a la declinación histórica de la ciudad como una arena auténtica de la vida política (que en algún momento mantuvo cierto equilibrio con el mundo natural) y, tal vez de manera no menos significativo, el declive de la misma noción de ciudadanía. Mantener un argumento como este requiere evidentemente de cierta clarificación del marco de nuestra discusión. De acuerdo a los teóricos sociales, la “contradicción” tradicional creada por la emergencia del urbanismo, ha sido la del “conflicto” eterno de las ciudades frente al campo. La historia, como comúnmente se nos dice, está llena de ejemplos innumerables de los esfuerzos de las ciudades por liberarse de los obstáculos del parroquialismo agrario. La ciudad, se enfatiza, siempre ha tratado de afirmar su cultura cosmopolita y sus instituciones cívicas seculares por encima del estrecho provincialismo y los vínculos inertes del pueblo y las comunidades rurales. No le damos importancia a que desde los tiempos antiguos hasta los tiempos modernos, la ciudad y el campo han estado en “guerra” entre ellos. Históricamente, esta “guerra” se supone estar representada por el conflicto de intereses entre el señor feudal y el comerciante urbano, el campesino de productos comestibles y el capitalista ciudadanizado, el granjero y el obrero industrial. Que estos conflictos han existido a través del curso de la historia y han hecho un eco en la sociedad es cierto. Aún retenemos visiones enraizadas de la vida pastoral y limpia que se sostiene con contrastes morales contra el mundo pecador de la ciudad. El contraste ha sido materia de pasajes bíblicos, tema de grandes novelas, y punto central de los escritos de muchos sociólogos reconocidos. Tomado como un todo, sin embargo, el drama maniqueo puede ser una simplificación en conjunto de la realidad. Ciertamente es verdadero que la ciudad y el campo se han visto comúnmente como antagónicos en el pasado. Y ha habido grandes periodos de la historia en donde cada uno intentó afirmar su dominio económico y político sobre el otro. Pero también han existido momentos en donde convivieron en un exquisito equilibrio sensitivo, creativo y ecológico entre ellos. Algunas de las aventuras humanas más admirables en la cultura, la técnica, y la libertad social han ocurrido precisamente en esos periodos donde la relación complementaria entre la ciudad y el campo, así como entre la sociedad y la naturaleza, exitosamente reemplazaron la rivalidad mutua por la supremacía. Hoy en día, pareciera que la ciudad finalmente ha logrado un dominio completo sobre el campo. De hecho, con la extensión de los suburbios hacia las tierras cercanas en una escala sin precedentes, la ciudad parece literalmente estar engullendo al mundo agrario y natural, absorbiendo los pueblos y comunidades adyacentes en entidades metropolitanas desparramadas - como una forma de canibalismo social que fácilmente podría servir para nuestra definición de urbanización. Guardando la referencia de Babilonia y la Roma metropolitana por el contrario, no tenemos paralelos comparables en el pasado de la urbanización en la escala del tiempo presente. Aún peor, la ciudad parece estar reemplazando la cultura rural y sus ricas formas tradicionales con los valores de la mass media y de la tecnocracia que tendemos a asociar con la “vida de la ciudad”. Si todo esto es cierto - como francamente creo que lo es - planeo discutir aquí un argumento desacorde. Contrariamente a la mayoría de las perspectivas sobre esta materia, buscaré demostrar que si utilizamos palabras como “ciudad” o “campo para describir conceptualmente este proceso físico, cultural y ecológico del canibalismo urbano, la imagen de una “ciudad” que todo lo devora, esto es que absorbe a una campo desprotegido y débil, es puro mito. La verdad es que la ciudad y el campo se encuentran sitiados hoy en día - un sitio que amenaza el lugar de la humanidad en el medio ambiente natural. Ambos están siendo destruidos por la urbanización, un proceso que amenaza destruir las identidades y su gran riqueza de diversidad y tradición. La urbanización está engullendo no sola al campo; sino también a la ciudad. Está devorando no solo la vida del pueblo y de la comunidad basada en valores propios, en la cultura y las instituciones surgidas de las relaciones agrarias. Está devorando a la vida citadina basada en los valores, la cultura y la instituciones surgidas de las relaciones cívicas. El espacio citadino y su proximidad humana, sus vecindarios distintivos, y sus políticas a escala humana - como el espacio rural, con su cercanía a la naturaleza, y alto sentido de ayuda mutua, y sus fuertes relaciones familiares - están siendo absorbidos por la urbanización, con sus trazos suaves de anonimato, homogeneización y gigantismo institucional. Que si la urbanización de ambos, la ciudad y el campo, es deseable es una cuestión que será explorada cuidadosamente en este texto. Pero no puedo enfatizar con suficiente fuerza que aunque pensemos en los viejos términos de la ciudad versus el campo y el contraste político representativo, las imágenes que a través del tiempo han alimentado el conflicto entre la ciudad y el campo ya se han vuelto obsoletas. La urbanización amenaza reemplazar ambos contendientes de este supuesto antagonismo histórico. Amenaza absorberlos en un mundo urbano sin cara en donde las palabras “ciudad” y “campo” esencialmente se convertirán en arcaisismos sociales, culturales y políticos. Tal vez nuestra gran dificultad para entender la urbanización y su grave impacto en la vida social y personal hoy en día surge de nuestra tendencia para ligarla con nuestra propia e inocente idea de la ciudad. Muchas veces nos satisfacemos en llamar a una entidad urbana una “ciudad”, si esta está congestionada demográficamente, estructuralmente medida, y lo más importante, habitada por individuos cuyo trabajo ya no se relaciona directamente con el cultivo de alimentos. La urbanización, como la citadificación, parece cumplir con estos criterios tan completamente que comúnmente identificamos a los dos, y los distinguimos más como una cuestión de grado que una cuestión de tipo. Si, tendemos a ver el desparramiento del área metropolitana simplemente como una ciudad de gran tamaño, o como una aglomeración de “ciudades” cercanamente empaquetadas que los americanos llaman “cinturones urbanos” y los ingleses llaman “connurbaciones”. Concedo que estamos enfrentándonos a una dificultad creciente, respecto a la definición precisa de los cinturones urbanos y las conurbaciones entendidas simplemente como ciudades. Nosotros no fácilmente podemos sentir que son algo más- sino es que algo más nuevo- que lo que las generaciones previas han llamado ciudades. Lo que nos confunde o deja perplejos sobre dichas cuestiones es que las personas que viven en dichas entidades urbanas nuevas están completamente enroladas en las ocupaciones de tipo citadino y parecen tener estilos de vida citadinos. Crecientemente removidos del mundo natural, los habitantes metropolitanos raramente, si no es que nunca, se ganan la vida como granjeros, a pesar de la moda reciente de jardinerías urbanas y suburbanas. Se encuentran empleados en trabajos urbanos, ya sean profesionales, administrativos, de servicios, de productos, u otros. Viven en una forma de vida con ritmos acelerados y con una cultura urbana que se insertan en espacios de tiempo mecánicamente fijados -notablemente, el patrón de “nueve a cinco” - en vez de seguir los ciclos agrarios guiados por el cambio estacional y los ritmos personales del amanecer-al anochecer. El medio ambiente urbano es altamente sintético en vez de natural. Los alimentos normalmente se compran en vez de cultivarse. Los habitantes tienden a estar concentrados en vez de dispersados. La vida personal no está abierta al escrutinio público que encontramos en los pueblos pequeños o enraizado en los sistemas de fuerte parentesco que encontramos en el mundo rural. La cultura urbana es producida, empaquetada, y mercantilizada como un segmento del tiempo libre del habitante citadino, y no introducida en la totalidad del la vida diaria y vaciado por la tradición como lo es en el mundo agrario. La vida del campo se está pareciendo cada vez más a la vida de la ciudad y está perdiendo sus atributos simples y naturales, lo que se convierte en algo notorio para los propósitos de nuestra discusión. Por el momento, lo que importa es que la distinción antes mencionada aún existe en la imagen de lo que puede llamarse urbanización (concebida como citadinificación) para distinguirla de la ruralización. Los superficial que puedan aparecer estas continuidades y contrastes, se empieza a disolver completamente cuando empezamos a explorar la historia de estándares más ricos y completos de aquello a lo que nos referimos con la palabra ciudades. Uso el plural, ciudades, intencionalmente: a pesar de ciertas similitudes, las diferencias entre las ciudades del pasado también tienen considerable importancia. La historia nos presenta una gama amplia de ciudades únicas y distintivas - las primeras en Sumer situadas alrededor de los templo; posteriormente, como Babilonia, alrededor de los palacios; las democracias griegas más dinámicas alrededor de las plazas cívicas que adoptaron la interacción ciudadana; las medievales y las más recientes, alrededor de una gran variedad de mercados.

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Pero abruptamente aquí nos encontramos con los límites del término de urbanización como sinónimo de citadinificación. La urbanización no cabe cómodamente en una imagen de la ciudad de las comunidades teocráticas, monárquicas, democráticas y económicas habitadas por artesanos y pequeños comerciantes que estaban insertados en una economía natural. Nuestros cinturones urbanos y conurbaciones son grandes motores para operar enormes mecanismos administrativos y empresas corporativas.. Sus facilidades, como sus edificios rascacielos, se extienden infinitamente sobre el horizonte hasta que empiezan a perder toda definición y centralismo. Es difícil enraizar eso en un templo, palacio, plaza pública, o los pequeños e íntimos mercadas de los artesanos y comerciantes. El decir que no tienen ningún centro específico que les de una identidad cívica, es generalmente tanto incoherente como absurdo, aún si se permite subsistir en ellas que los centro que vienen de las eras pasadas, cuando las ciudades aún eran áreas claramente delineadas para la asociación humana. ¿Qué entonces, tienen en común nuestras ciudades con la rica diversidad de formas y funciones en las ciudades premodernas? Llegamos con esto a una característica básica de la vida citadina que es resultado no solo de la proximidad humana, el tamaño estructural, las ocupaciones y la cultura urbana. Lo que la gran mayoría de las ciudades del pasado comparten- cualesquiera que sean sus diferencias- son comúnmente atributos morales, muchas veces espirituales, con raíces profundas en el medio ambiente natural que se distinguen especialmente de los atributos físicos que asociamos con la urbanización. Las ciudades del pasado, desde sus principios eran lo que yo llamaría “comunidades del corazón”- asociaciones morales que se nutrían por compromisos compartidos en un sentido ideológico y por una preocupación pública. La ideología cívica y la preocupación centrada alrededor de una creencia muy fuerte en la buena vida para la cual la ciudad proveía la plaza y el agente catalítico. La buena vida de ninguna manera significaba la vida afluente, la vida de placeres personales o de seguridad material. Generalmente, significaba una vida de bondad, virtud y probidad. Este sentido de llamamiento cívico podía asumir una forma elevada espiritualmente como lo que encontramos en la reverencia judía a Jerusalén o una forma ética muy elevada como en la admiración griega por Atenas. Entre estos extremos emotivos e intelectuales, los habitantes de las ciudades en el pasado tendían a formar “compactos sociales” que estaban guiados no solo por consideraciones materiales y de defensa sino también por lealtades hacia sus ciudades que eran moldeadas por los compromisos ideológicos ricamente texturizados. El amor por una ciudad, un sentido profundo y perdurable de lealtad con su bienestar, y un intento de colocar estos sentimientos dentro de un contexto moralmente y ecológicamente rico, ya sea intelectualmente o dado por Dios, distingue claramente a la mayoría de las ciudades de eras pasadas de aquellas en el presente. No tenemos virtualmente ningún equivalente en la ciudad moderna del sentido de espiritualidad cívica del cercano Oriente, el sentimiento de afiliación política de los griegos, el cariño medieval a la fraternidad comunitaria, o el amor renacentista de la ostentación urbana que infundió de alguna manera la ciudadanía dispareja del pasado. Estas lealtades, con su características morales, pueden permanecer en los residentes de las ciudades modernas, pero más como un apetito afiebrado por las estimulaciones materiales, culturales y nerviosas de lo que hoy en día designamos una buena vida, que como un producto fortaleza ética, compromiso espiritual y sentido de una virtud cívica que marcaba la ciudadanía de las eras anteriores. También significaba un amor a la tierra, al lugar y al ambiente natural que daba lugar a una sensibilidad ecológica y al respeto por el campo. Para hablar sinceramente, nuestras relaciones de hoy en día hacia la ciudad generalmente toman la forma de requerimientos materiales muy pragmáticos. Una ciudad moderna, un suburbio, pueblo o, comunidad generalmente son evaluados en términos de los “servicios municipales” que ofrecen a sus residentes. Las características tradicionales, religiosas, culturales, éticas y ecológicas que en algún momento encariñaron a los ciudadanos con su ciudad, y sus alrededores naturales se han disuelto en criterios cuantitativos y éticamente neutros, por lo general. La ciudad es el primer fondo en el que hacemos inversiones sociales seriadas para expresar los propósitos de recibir un número distintivo material a cambio. Esperamos que nuestras personas y nuestra propiedad estén protegidas, nuestros refugios salvaguardados, nuestra basura removida, nuestros caminos reparados, nuestro medio ambiente limpio física y socialmente - lo que significa, exento de la invasión de “elementos no deseables”. No hay duda de que queremos que nuestras ciudades sean culturalmente estimulantes, económicamente viables y atractivas en reputación. Pero dichas cualidades nos son necesariamente una función de la ciudad como tal. Muchas veces dependen de los resultados de una empresa personal, o de la presencia de tipos individuales que residen en ella por virtud de nacimiento o por elección. Pero que una ciudad reclame a un hijo famoso - y más recientemente, a una hija famosa - no necesariamente se refleja en la buena reputación de la ciudad por producir personas dotadas o renombradas sino en los dones individuales de uno o más de sus residentes. No nos provee a nosotros de evidencia sobre la riqueza cultural de la ciudad sino de la biografía específica de los dones de una persona que muchas veces involucra un esfuerzo valiente por trascender el medio opresivo de una comunidad. Tal fue el caso, por ejemplo, de la relación de James Joyce con Dublin, de Oscar Wilde con Londres, o la relación de Cézanne con Paris. Por lo tanto, la “civilización” urbana como la conocemos hoy en día es un producto errático de una u otra ciudad en particular, y no una consecuencia general o distintiva. Esta “civilización” emerge de un conjunto de actividades de individuos particulares o de corporaciones, más que de los trazos innatos de la municipalidad en sí. Una cultura cívica no ebulle de los esfuerzos colectivos de un público único y cohesionado, por más inusual que la ciudad sea en términos de su localización regional o sus tradiciones históricas. Esta sale de las actividades personales de ciertos individuos que por alguna situación ocuparon una residencia dentro de los confines de la ciudad, llenaron sus tiendas y oficinas, trabajaron en sus industrias, y por supuesto, produjeron sus artefactos artísticos. La “civilización” urbana, hoy en día, no es una característica de un fenómeno cívico que emerge de un público distintivo o de un cuerpo político, es simplemente lo exudado de la empresa libre con su slogan de “servicio público” y su caridad cultural. Los mayores, los líderes corporativos y los filántropos pueden compartir entre ellos al celebrar los proyectos que inician - que pueden variar desde conciertos y museos hasta aeropuertos y parques industriales. Pero eso es una evidencia simple de la vaciedad de lo que hoy en día se llama “falta de importancia cívica”. Raramente estos proyectos, que en ningún caso se encuentran libres de vulgaridades, nutren a la ciudad como una colectividad y una arena para la actividad pública. Como burbujas irradiantes que se elevan, resplandecientes, y estallantes, forman una superficie de la ciudad generalmente estancada culturalmente y enferma socialmente. De hecho, como cualquier otro mercado, la ciudad moderna es el epicentro táctico de una gran interacción privatizada entre compradores y vendedores anónimos que están más involucrados en el intercambio de sus bienes que en formar asociaciones más significativas social o éticamente. las ciudades hoy en día se miden típicamente más por su éxito como empresas de negocios que como un foco cultural. La habilidad de una entidad urbana de “balancear su presupuesto”, para operar “eficientemente”, para “maximizar” su servicio con costos mínimos, todos esto es visto como el referente del éxito municipal. Los ejemplos corporativos ideales de los modelos urbanos, y los líderes cívicos mismos, cifran más su orgullo sobre las habilidades gerenciales que sobre las intelectuales.

El concepto dominante empresarial de la ciudad tiene su contraparte en la noción contemporánea también dominante, de ciudadanía. Si tendemos a ver a la ciudad como nuestra “inversión social” más inmediata, esperamos que la ciudad nos de los “productos” materiales adecuados. Nosotros pagamos impuestos con la expectativa distintiva de los servicios que podemos comprar. Entre mejores sean los servicios por el dinero que pagamos, se obtiene una mayor ganancia al vivir en la ciudad. Las comodidades citadinas, claramente son medibles en términos de el número de escuelas, el tamaño de las aulas, los parques, el departamento de bomberos, las facilidades de transporte, la policía, los porcentajes de crimen, los espacios de estacionamientos - de hecho, términos demasiado numerosos para inventariarlos. Cuando “compramos” una área residencial, reconocemos principalmente estas comodidades materiales y logísticas y por consiguiente, la estimulación cultural y el sentido de comunidad que esta provee. No es sorprendente que el residente de la mayoría de las ciudades tenga una tendencia a desarrollar una imagen propia muy distintiva. No es la imagen de un ciudadano pero si la de un pagador de impuestos., El o ella no tienen un sentido de apropiación de lo que pudiéramos llamar una figura pública más que de un inversionista altruista. Es indudable que los pagadores de impuestos y los inversionistas muchas veces forman asociaciones, pero se alían entre sí para avanzar o proteger una interés específico. Como todos los emprendedores sensibles que están involucrados en el negocio de vivir en la ciudad, quieren que se les regrese lo que pagaron, y, como dice el dicho, “ en la cantidad está la fuerza”. De acuerdo a los proverbios comunes, pueden luchar contra el ayuntamiento, presumiblemente, y. dependiendo de su riqueza o de su número, pueden ganar. Pero más allá de este juego económicamente seguro de intereses conflictivos y demandas, no se espera del ciudadano “qua contribuyente” que se involucre en las cuestiones municipales. Ni el medio urbano contemporáneo lo impulsa a hacerlo. un “buen ciudadano” es uno que obedece la ley, paga impuestos, vota ritualmente por candidatos preseleccionados, y se “ocupa de sus propios asuntos”. Esta noción de conducta cívica apropiada no es visión mutua calladamente compartida de la ciudadanía moderna; es un deseo político que si es violado, expone a los contribuyentes activos a cargos de “involucramiento” o hasta de “vigilantismo”. Tanto los contribuyentes como los oficiales municipales prudentemente se dan cuenta que las personas de la ciudad deben estar representadas propiamente por profesionales especializados y reemplazantes eficientes del “público” El poder diario, sin embargo, reside precisamente en las manos de estos reemplazantes gerenciales, no en sus “electores” que adquieren crecientemente el anonimato y despersonalización que la palabra “electores” denota. Así como del concepto liberal tradicional del gobierno se dice que este es mejor cuando gobierna menos, también respecto al concepto de la ciudadanía, pareciera ser que un “elector” es mejor cuando el o ella actúa menos.

Dicho concepto de ciudadanía está teñido con graves consecuencias psicológica y políticamente. Los individuos cuyas vidas políticas a penas trascienden el nivel social de los contribuyentes tienden a formar imágenes muy pasivas de sus personalidades y del medio ambiente que los rodea. Un creciente desfortalecimiento del ciudadano fácilmente lo puede convertir en un ser callado y retraído. Una gran pérdida de su poder social tiende a reducir a una persona por debajo de lo humano y por lo tanto a una pérdida de su individualización. Estos electores viven en un mundo doloroso y contradictorio. Por el otro lado, la sociedad se convierte en una presencia intensa y problemática en sus vidas. El dominio social es una fuente poderosa de guerra, de inestabilidad económica, de facciones e ideologías contendientes que pueden llegar directamente a los nichos más íntimos de la vida privada. Estos problemas se vuelven particularmente más embarazosos cuando las cuestiones de aborto, inscripción militar, libertad sexual y capacidad de ahorro, por ejemplo, invaden el dominio doméstico del individuo. Por el otro lado, mientras que dichas cuestiones varían alrededor del “elector”, él o ella son sustraidos de poder de actuar sobre estos. De hecho, el equipamiento intelectual del “elector” para formar una opinión segura es erradicado por una sensación muy profunda de incompetencia personal y de desprendimiento público. Una preocupación intranscendente - los problemas de las compras, la moda, la apariencia personal, la competencia profesional, el entretenimiento en un ambiente altamente aburrido- reemplazan la actuación más heroica de un cuerpo político más involucrado social y ambientalmente. Así, entonces, nos encontramos con un desarrollo doble: un medio en donde el creciente poder social se apropia de las preocupaciones que alguna vez formaron parte de la perspectiva individual y de la comunidad, y en donde se va gestando la paulatina erosión del poder personal y de la capacidad individual de la identidad propia, que empieza a sufrir una declinación crucial. El auto-reconocimiento se disuelve paulatinamente en una falta de identidad. La falta de acción se convierte en la única forma de acción con el resultado de que el “elector” se retrae a una esencia que no tiene sustancia para ser un individuo funcional. Un mundo en donde la personalidad se parece a una tabula rasa de una sociedad sin objetivos y una forma de vida personal sin significado parecerían denotar el surgimiento de cuestiones más universales que el destino de la ciudad y del ciudadano. Pero en muchas cosas esta universalidad expresa en sí misma la necesidad de una perspectiva más amplia hacia los asuntos cívicos. La ciudad no es solo la primera “inversión” social del individuo; es su ambiente social más íntimo. Debido a su vitalidad inmediata, la ciudad permanece (como la ha hecho a través de la historia) como la arena más directa en donde el individuo puede actuar completamente como un ser social y de donde puede obtener las soluciones sociales más inmediatas para los problemas más amplios que el bloqueo de uno mismo privatizado. Hasta aquí la definición del individuo como una persona con poder y la del ciudadano es aún posible hoy en día, el terreno cívico en todos sus niveles debe ser vuelto a ganar por sus electores y reconstituido en nuevas maneras para hacer a las personas socialmente operacionales. El refortalecimiento cívico de los ciudadanos se ha convertido en un asunto personal así como en uno social. Es equivalente a ganarse de nuevo la identidad privada asó como la pública, la personalidad de uno así como la ciudadanía. El obtener dicho refortalecimiento y auto-reconstitución tiene sus implicaciones Tanto la participación cívica como la falta de importancia cívica se han perdido en este siglo, particularmente en la mitad anterior a tal grado que tendremos que inmiscuirnos profundamente en la historia enterrada de la ciudad y su ciudadanía para tener puntos referenciales con los cuales entender donde estamos parados en este monstruo de urbanización que nos rodea. En este texto exploramos los conceptos de “ciudad” y de “ciudadanía” realmente significan- no solo como definiciones ideales sino como un proceso ecológico fecundo que revele el crecimiento de la comunidades y de los individuos que las habitan- de hecho, que los convirtió en una esfera pública genuina y un cuerpo político vital. Es tan característicamente doloroso de nuestro presente la miopía que estas palabras, esfera pública y cuerpo político han adquirido simplemente se ha desechado de nuestro vocabulario. Cuando las usamos, raramente parecemos entender lo que significan o lo que por lo menos significaron en civilizaciones anteriores en las cuales decimos tener nuestras raíces cívicas y sociales. Han sido sustituidas ahora por términos como “electorado” y, por supuesto por las ideas de, “contribuyentes” y “constituyentes”,- términos administrativos que distorsionan los conceptos de política y comunidad por definición. Esto nos obliga también a examinar el tipo de instituciones que las ciudades han creado para promover la ciudadanía y el fortalecimiento público. Un número remarcable de cuestiones institucionales conflictivas se mueven alrededor de la ciudad así como el antagonismo de diferentes formas históricas: descentralización versus centralización, democracia directa versus república representativa, asambleas del pueblo versus consejo de diputados, rotación y reelección de oficiales públicos versus periodos largos en el gobierno y fijación profesional; manejo popular de los asuntos sociales versus control burocrático y manipulación. Estos asuntos han sido explorados repetidamente, desde los tiempos pasados hasta el presente, en amargos conflictos cívicos. Aún persisten en nuestro medio bajo el rubro de movimientos de “reforma” para alterar el carácter de la ciudad y más recientemente como movimientos vecinales para re-establecer las “raíces” de la democracia.

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Esta separación empezó con los cambios institucionales masivos, tecnológicos y sociales que eventualmente desposesionan al ciudadano de su lugar en los procesos de tomar decisiones. La urbanización en efecto, presupone tanto como promueve la reducción del ciudadano a un contribuyente. “Electorado” o “constituyente”. La urbanización no solo ha apuntado hacia una drástica colonización del campo sino también de la identidad propia de la ciudad y del ciudadano. Como el mercado moderno, que ha invadido la esfera de la vida personal, encontraremos que la urbanización ha barrido antes que todo con las instituciones cívicas así como con las agrarias, que daban una módica autonomía al individuo. Nacida de la ciudad, la urbanización ha sido el asaltante más efectivo de sus padres, para no hablar de un mundo agrario que prácticamente ha desaparecido. Será importante ver hasta que punto las instituciones no urbanas, generalmente de origen tribal y con raíces en una sociedad más natural, se volvieron características integrales de la ciudad democrática en la forma de las asambleas populares, los consejos vecinales, y las juntas del pueblo tan expresivas de la actividad municipal y de la ciudadanía hoy en día. Irónicamente, se puede decir lo mismo de las instituciones feudales, teocráticas y monárquicas, con el castillo, el templo y el palacio como sus centros. De hecho, no tenemos que ir más allá de las revoluciones de Estados Unidos y Francia para encontrar a las asambleas populares bajo diferentes nombres, como espacios que han sido los medios principales a través de los cuales la gente ordinaria luchó por las cuestiones de justicia y libertad con respecto a la nobleza, los monarcas, y las naciones-estado centralizadas. Cada campo opositor ha luchado con el otro por una soberanía cívica y ultimadamente social. La imagen legal presente de la ciudad como una “criatura” del estado no es una expresión de desprecio. Es una expresión de miedo, de deliberación cuidadosa con un esfuerzo a propósito para someter a la democracia popular. El hecho de que el término se haya codificado en leyes, aún en “democracias” auto propuestas, expresa una trayectoria de amenazas cívicas y municipales cargadas en todo sistema social centralizado. La democracia popular ha amenazado siempre desmembrar el poder centralizado como y tal y restaurar el control de la sociedad por parte de un público que ha sido cruelmente desposeído de su propia identidad. La historia es un importante vehículo para esta reflexión, la contraparte de con un acercamiento ecológico. Los “poderes-que-son” viven con un miedo compulsivo de remembranza, un miedo de la memoria social de la humanidad de sus instituciones pasadas, sus culturas, y de la búsqueda de sus orígenes. Un tema esencial del 1984 de George Orwell es el esfuerzo por una estado altamente totalitario de eliminar el sentido del contraste de formas de vida anteriores que puedan aun significar un reto a las existentes. El pensar, en sí mismo, tuvo que ser reestructurado para excluir este reto usando las palabras - el “Newspeak” famoso de Orwell- de manera que atenúan su riqueza previa de significado y las alternativas inquietantes que el pasado plantea a un “ahora”, fijado, eternizado y ahistórico, o el compromiso al “ahora siempre” Previamente, la autoridad ha descansado en la tradición, muchas veces en una forma distorsionada; hoy en día, ésta descansa en el condicionamiento, sin tomar en cuenta el problemático pasado. El propósito del “Newspeak” de Orwell fue cambiar el pensamiento con “la invención de nuevas palabras y con el desnudar a estas palabras del significado no ortodoxo restante y de cualquier tipo de significado hasta ahora”. Orwell nos dice que palabras como “libre” aún existían en “Newspeak” pero no en su antiguo sentido de “políticamente libre” o “intelectualmente libre”, dado que la libertad política e individual no existía ni siquiera como concepto y por lo tanto la necesidad del sin nombre. Uno solo podía usar la palabra “libre” un sentido estrictamente funcional, amoral y técnico, como en el enunciado “Este perro libre de su correa” o “Este campo está libre de semillas”. “Newspeak fue diseñado hasta el punto de disminuir el rango del pensamiento” por un proceso de abreviación,- haciendo los conceptos más funcionales que morales, en naturaleza y desmemorizando el pensamiento (si puedo agregar una frase) que fue diseñado para mutilar a la mente de un sentido de continuidad y contraste con el desafiante pasado. “El surgimiento de la urbanización y la declinación de la ciudadanía” (The Rise of Urbanization and Decline of Citizenship), libro del que este texto es un fragmento N.E.no hace ningún compromiso con el énfasis del “solo ahora” y del lenguaje cibernético del circuito electrónico que está tan de moda hoy en día. Las páginas del libro están completamente cargadas con significados históricos y morales y con un lenguaje que es rico en significados secundarios. El lector no encontrará palabras como “feedback”, “input”, “output”, que generalmente se usan como sustitutos para términos de procesos y pensamiento como “diálogo”, “orígenes”, “explicaciones”, etc. El libro trata con las ciudades y los ciudadanos y con el impacto de urbanización sobre la personalidad, la libertad, y la sensibilidad humana hacia la naturaleza. Pero también es un libro de moralidad y ética. Mi preocupación con la manera en que las personas comparten, esto es, como se asocian activamente entre sí, no solo como forman comunidades, es una preocupación ética de la más alta prioridad en este trabajo. Estoy preocupado con los “compactos sociales” que las personas forman como seres éticos y las instituciones que crean para sustentar sus metas éticas. Hasta cierto punto, las ideas de civismo, ciudadano, política Griega, más precisamente la de Atenas, son ideales que han aparecido repetidamente a través de la historia. Yo creo que este ideal forma un desafío crucial- a pesar de las muchas limitaciones que ofrezca- para la era moderna. Propongo explorar no solo las enfermedades de la urbanización que hasta que han empañado la ciudad y el campo ( incluyendo el medio ambiente natural), sino también explorar las condiciones sociales y culturales que le dieron nacimiento a las comunidades, a los ciudadanos y a una política cuya mayor preocupación del activismo personal siempre ha hecho de la comunidad la expresión más rica y satisfactoria de nuestra humanidad.

* Este texto es la parte introductoria de “The Rise of Urbanization and the Decline of Citizenship” de Bookchin, Murray. Ed. Sierra Club Books, San Francisco 1987 y fue traducido por Alexandra Aguilar Bellamy. La revisión final del texto es de Alfonso González Martínez..


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