La presente versión de este documento formó parte de una investigación más amplia durante 1999 y estuvo a cargo de Francisco Aguirre Saharrea.
AVISO:
El texto revisado (2003) de
esta investigación ya está disponible.
Introducción
La cafeticultura en nuestro país tiene una importancia económica y social considerable que, según el Ingeniero Gabriel Gómez, tiene sus cimientos a finales del siglo XVIII, cuando ya se habían registrado las primeras exportaciones del grano provenientes de Córdoba. Debido a la guerra de Independencia, el cultivo fue abandonado, retomándose hasta 1817.
Por su parte, Mariano García señala que es hasta poco después del año 1820 que se tienen noticias del cultivo del arbusto en la zona del Soconusco. Ya desde mediados del siglo XIX Don Matías Romero vio que algunos de los factores que podían hacer redituable el cultivo del café se encontraban en México: terreno y clima apropiados, cercanía con los centros de exportación a fin de no recargar los costos con fletes innecesarios y mano de obra barata en la época de cosecha. Don Matías Romero también impulsó fuertemente el desarrollo de la economía cafetalera en general, especialmente la inversión extranjera, así como la ampliación de la demanda de nuestro café en Estados Unidos.
Durante el porfiriato el principal productor fue el estado de Veracruz, siguiéndole Colima, Chiapas, Guerrero, Michoacán, Morelos, Oaxaca y Tabasco; en la misma época el cultivo se extendió a los estados de Jalisco, Tamaulipas, Durango, México, Nayarit, Sinaloa y Coahuila. Actualmente el aromático se cultiva en doce estados de la República Mexicana, que en orden de importancia hasta 1992, son: Chiapas, Veracruz, Oaxaca, Puebla, Guerrero, Hidalgo, San Luis Potosí, Nayarit, Jalisco, Tabasco, Colima y Querétaro. La superficie con cafetos en el país representa 3.2% de la tierra sembrada, según las cifras preliminares del último Censo cafetalero realizado por el Instituto Mexicano del Café (publicado y revisado en 1992 por el Consejo Mexicano del Café).
Las regiones cafetaleras se concentran en cuatro zonas: las vertientes del Golfo de México y del Océano Pacífico, la zona Centro-Norte y la del Soconusco en Chiapas, en el sureste mexicano, que en conjunto abarcan 398 municipios en los 12 estados productores.
Características económicas
En el presente apartado vamos a describir algunos de los principales problemas económicos que afectan al sector cafetalero desde finales de los años ochenta, cuando varios elementos de orden interno y externo se conjugaron para dar lugar a una de las peores crisis experimentadas dentro del sector. Entre ellos se describirán algunos elementos que dificultan a los pequeños cafeticultores la obtención de mayores ingresos por sus cosechas, como los bajos rendimientos por hectárea o el excesivo minifundismo que caracteriza a la cafeticultura mexicana, situaciones que se compararán con diversas observaciones de campo. También analizaremos algunos de los efectos que esta crisis tuvo en los ramos comercial y financiero.
Así, uno de los antecedentes para la crisis de 1989 se encuentra en 1978, cuando el crédito bancario canalizado hacia el sector agropecuario, que había ido aumentando desde principios de esa década, empezó a decrecer en 40% aproximadamente. Cabe precisar que los beneficiarios de estos créditos eran en general propietarios privados que contaban con la garantía suficiente para respaldar los préstamos. Dicha tendencia se acentuó después de 1988 con 59%, 62% en 1990 y 65% en 1991. Por su parte, las inversiones extranjeras hasta 1988 no rebasaron 0.04%, pero con la cristalización de las medidas neoliberales en la estructura agraria, esta inversión creció 27% en promedio anual durante los tres primeros años del gobierno salinista lo que, sin embargo, no benefició a los pequeños cafetaleros que tienen sus parcelas dentro de lo que se conoce como áreas marginales, y que por su naturaleza no son atractivas para los inversionistas privados.
Si a los pequeños y extemporáneos apoyos económicos gubernamentales, la baja productividad y altos costos de producción agregamos el hecho de que el promedio nacional de tierra por cafeticultor es de dos hectáreas, veremos que ello representa una producción muy pequeña que al final deja sólo diminutas ganancias a los minifundistas cafetaleros, lo que tiene diversas repercusiones para la mayoría de los cafeticultores, cuestión que analizaremos más adelante.
No obstante, también se debe reconocer que existe un 8.23% de cafetaleros que tienen excedentes en su producción, lo que evidencia la variabilidad en las condiciones bajo las cuales se cultiva el café. Así, los rendimientos varían, en general, entre los estratos del grupo de grandes productores con más de 20 ha de cafetales (0.43%), quienes tienen un rendimiento promedio de 30 Qq/ha, mientras el estrato que tiene de 5 a 20 ha (7.8%) produce 16 Qq/ha.
Junto a las precarias condiciones ya expuestas, encontramos dos factores que empeoraron la situación de los cafeticultores, y que empezaron a notarse a partir de 1989, con el descenso de los precios del aromático en el mercado internacional y con el gran cambio que han tenido las políticas del Estado dentro de la cafeticultura. Estos últimos minimizaron las expectativas de inversión en los predios, lo que estancó e incluso redujo la producción de los pequeños cafeticultores. Esta disminución en la captación de divisas y la falta de apoyos del gobierno también causaron que dos años después (1991), la deuda cafetalera ascendiera a casi 670 mil millones de pesos, correspondiéndole 170 mil millones a los productores del sector social y 500 mil millones a exportadores de café.
A partir de la liberalización del mercado internacional del café y del retiro del Inmecafé de las actividades de financiamiento, acopio, beneficiado y comercialización, diversas empresas extranjeras empiezan a participar en el beneficio y exportación del café mexicano.
Esta forma de penetración del capital extranjero al sistema agroindustrial del café ha pasado prácticamente desapercibida para los productores, pues se ha manifestado por una substitución de fuentes de financiamiento en la agroindustria y no al nivel de producción primaria.
Actualmente,
la difícil situación de la cafeticultura nacional no ha desaparecido
debido a que a la inestabilidad de precios en los cuatro ciclos posteriores
a 1989 se sumaron factores importantes de la persistente crisis general del
país, tales como problemas de financiamiento al productor y comercializador
cafetalero, la eliminación de los subsidios a la producción por
parte del gobierno, factores provenientes del medio internacional, bajo consumo
interno, etc.; así pues, aún cuando el precio internacional repuntó
para 1996, el efecto de los fenómenos ocurridos en la fase más
crítica no ha permitido una plena recuperación de la actividad
cafetalera nacional.
Plagas del cafeto y problemas climáticos
Mención especial en este apartado merece la roya del cafeto, que ingresó al país en 1981 y que es producida por el hongo hemileia vastratix, que ataca a todas las plantas de un cultivar. Los ataques se producen en épocas de lluvias ligeras y corto periodo de buen tiempo. La espora de este hongo es muy resistente y puede transportarse por corrientes de aire o adherida a cualquier objeto, teniendo una germinación, en condiciones ideales, de sólo tres horas.
Por su parte, la broca del grano es un diminuto escarabajo negro que penetra la cereza del cafeto y se aloja dentro de la semilla, dejándola inservible y con un aspecto negruzco. Esta plaga entró a Chiapas en 1979, y al igual que la roya, proviene de Centroamérica. Estas enfermedades constituyen los problemas fitosanitarios más importantes de la cafeticultura nacional y mundial.
Aunque existen dos maneras principales (química y biológica) para controlar a estas y otras plagas, los costos por hectárea son demasiado elevados como para que se combatan efectivamente por parte de los pequeños cafeticultores, además de que dichas plagas tienden a afectar con mayor frecuencia y fuerza a las plantaciones viejas o con bajos niveles de nutrición, que nuevamente, son las poseídas por productores marginales.
La tendencia en la extensión de la roya y la broca indican que éstas seguirán formando parte de los problemas centrales a resolver en el campo cafetalero mexicano debido a que, según las estadísticas del Consejo Mexicano del Café, la roya y broca afectaron de 1992 a 1996 397,063 hectáreas, sobresaliendo el estado de Chiapas con 239,095 ha. y seguida por Oaxaca, con 80,510 ha.
A pesar de que el aporte de recursos oficiales para el control de la broca y la roya (SARH 48% y los estados 31.7%), junto con los productores (20.3%) es un adelanto de coordinación, los montos son insuficientes, por lo que deben incrementarse con mayor participación de los productores en la toma de decisiones y ejecución de los programas
Junto a las plagas del cafeto, también debemos mencionar que el clima seco que se observó durante 1998, y que parece continuar en 1999, ha afectado enormemente a algunas de las zonas cafetaleras del país. Los daños provocados por un clima adverso pueden ser tres. En primer lugar, la falta de agua puede causar la muerte del cafeto, situación que en zonas con tierra de poca profundidad ya se ha presentado*. En segundo lugar, el clima seco puede suceder durante el tiempo de floración del arbusto, lo que ocasiona que las flores se marchiten sin lograr polinizarse, lo que mantiene vivo al arbusto pero sin ninguna producción por ese año. Finalmente puede darse el caso de que sí se fecunden las flores, pero la falta de agua produce granos excesivamente pequeños que disminuyen en la misma medida el rendimiento* por tonelada de café cereza.
De
acuerdo con una encuesta realizada por Cafés de México, se considera
que para 1998 se tuvo un daño de entre 35 a 40 por ciento de la producción,
y el daño de las plantas en 10 por ciento. Por su parte, el USDA estimó
que nuestro país produciría 5.7 millones de sacos, es decir, 14%
más que el ciclo anterior. Sin embargo, a finales de 1997, después
de los daños ocasionados por los huracanes "Paulina" y "Rick", se pronosticó
5.1 millones y en la última semana de febrero de 1998 las autoridades
de agricultura informaron que el total de la cosecha cafetalera 1997/98 será
de 4.8 millones de sacos aproximadamente.
El aspecto político de la cafeticultura esta relacionado principalmente con las acciones que el gobierno ha realizado desde mediados de este siglo y hasta la actualidad y que influyen de diversas maneras tanto en la actividad misma como sobre quienes la desarrollan. En este sentido, podremos observar cuáles han sido los cambios en las políticas del gobierno, en sus instituciones y en la reglamentación de la producción y comercialización del grano.
La primera acción directa del sector público en las zonas cafetaleras ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. Había una fuerte inversión de capital alemán en las zonas cafetaleras de Chiapas, y los propietarios de origen alemán formaban mayoritariamente el sector patronal. Casi la totalidad de la cosecha exportada por ellos se destinaba a Alemania.
La declaración de guerra contra Alemania forzó la primera intervención directa del sector público en las zonas cafetales, al menos en el Soconusco. Por decreto presidencial en junio de 1942, 77 fincas de Chiapas, 3 de Oaxaca y uno de los más importantes beneficios de Orizaba, pasaron a manos del Estado. Sin embargo, tal intervención fue temporal y después de la guerra, la mayoría de las tierras fueron devueltas a sus anteriores propietarios. Así pues, la participación del sector público en la producción cafetalera, para esta etapa, siguió siendo nula.
Durante el periodo Cardenista, con la expropiación de propiedades cafetaleras para fines de reparto agrario, se sentaron las bases materiales para la cafeticultura del sector social: para 1940, aproximadamente la mitad de las propiedades cafetaleras se habían convertido en poco más de 100 ejidos. A partir de 1956, y hasta 1989, el Instituto Mexicano del Café fue la instancia gubernamental encargada de atender al sector cafetalero y desde 1993 hasta la fecha esa función la tiene el Consejo Mexicano del Café, mismos que serán analizados en los siguientes apartados.
No
obstante la importancia de estas dos instituciones, los antecedentes de la participación
del gobierno en la cafeticultura nacional se remontan al sexenio del presidente
Miguel Alemán, quien preocupado por mantener y auspiciar todas las fuentes
agrícolas de divisas, apoyó la creación de un organismo
del sector público para mejorar la industria. Así, en octubre
de 1949 se formó la Comisión Nacional del Café, la cual
tenía, por decreto, los siguientes objetivos: lograr que las plantaciones
mejoren aplicando los sistemas de producción más modernos, organizar
servicios de investigación en laboratorios y campos experimentales de
enseñanza y demostración, y hacer gestiones para que las instituciones
bancarias consideraran líneas de crédito a favor de los cafeticultores.
El Instituto Mexicano del Café
Aunque los antecedentes del Instituto Mexicano del Café se encuentran, en el ámbito interno, en la Comisión Nacional del Café, en ámbito internacional aparecen en octubre de 1957, cuando México firmó el Convenio de México, un acuerdo internacional con otros países cafetaleros que tenía como fin estabilizar el precio del grano en el mercado mundial. Pero lo crucial, desde el punto de vista nacional, era que México, como miembro del convenio, se obligaba a controlar ciertos asuntos internos de la industria cafetalera. Por lo anterior, México convino en: a) promover el consumo interno del café, b) reducir la superficie en plantación y c) incrementar la productividad en las zonas cafetaleras. Este compromiso requería que el gobierno federal estrechara sus vínculos con los productores de café. Consecuentemente, combinó la acción de tres instituciones públicas que forzosamente tenían que estar ligadas: a) las dependencias de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público encargadas de los permisos de exportación de café y otros asuntos fiscales, b) la antigua Comisión Nacional del Café y c) Beneficios Mexicanos del Café (Bemex). Estas tres instituciones se fusionaron en diciembre de 1958 para formar el nuevo Instituto Mexicano del Café (Inmecafé).
Poco más de un año después, el 31 de diciembre de 1958, el presidente Adolfo López Mateos emite un decreto por medio del cual se creó el Instituto Mexicano del Café, confiriéndole funciones para el control de los precios y de los permisos de exportación, desarrollo de tecnologías para que el productor incrementara sus rendimientos, la protección del suelo, control de enfermedades, combate de plagas y fertilización, a fin de ampliar la economía cafetalera y de impulsar el desarrollo de la estructura de comercialización interna.
Desde fines de los años sesenta el Inmecafé también desempeñaba el triple papel, por eso mismo ambiguo, de representante y mediador de los productores chicos y grandes hacia el exterior, de asesor técnico financiero de los mismos y de intermediario comprador de la producción.
Como podemos ver, el Instituto fue considerado como el organismo responsable del desarrollo integral del cultivo, que hasta 1972 también alentó políticas que intentaron estabilizar la oferta y demanda del grano, propósito que no pudo lograr en ese momento debido a su baja influencia en el mercado. Sin embargo, a partir de 1973 incrementó y amplió la cobertura geográfica y social de sus programas, como estrategia organizativa que permitió la integración de los cafeticultores del sector social a la institución.
En regiones como el Soconusco, la actuación del Inmecafé en apoyo a los productores del sector social se dio básicamente a través de asistencia técnica, fijación de un precio mínimo al grano y de los programas de organización de productores, anticipo a cuenta de cosecha y recepción de café.
Cabe mencionar que antes de la intervención estatal a través del Inmecafé, los productores entregaban sus cosechas a especuladores ("coyotes") locales que trabajaban para los exportadores de Jalapa, Puebla, Teziutlán, etc. Sin embargo, la reactivación del Instituto, que de hecho empezó a trabajar en el campo desde 1973 como parte de las políticas de Echeverría en apoyo de los pequeños productores, modificó las relaciones entre los productores y los comerciantes del grano.
Ello se logró a través de la conformación de un esquema organizativo básico para financiar a los pequeños cafeticultores en 1973, cuando el Inmecafé puso en marcha una fuerte campaña para agrupar a los pequeños productores en Unidades Económicas de Producción y Comercialización (UEPC). Estas organizaciones recibían los anticipos a cuenta de cosecha y otros apoyos que ofrecía el Inmecafé, y que se recuperaban con pagos en especie (es decir, con el mismo grano que se había ayudado a producir).
Bajo este esquema, los productores miembros de la UEPC recibían los anticipos bajo un compromiso solidario, donde todos ellos debían liquidar sus adeudos individuales, mediante la entrega de parte de la cosecha, pues de otra forma, la UEPC no volvería a ser apoyada y ninguno de sus miembros recibiría más recursos. Esta situación explica los altos niveles de recuperación, cercanos al 90%, que mantuvo el Inmecafé en los ciclos que operó bajo este esquema.
Durante el periodo de amplia participación estatal en el sector, los pequeños cafeticultores fueron los grupos a los que Inmecafé destinó todos sus apoyos en insumos, financiamiento (anticipos a cuenta de cosecha), material de propagación, acopio, beneficiado y comercialización del café.
La importancia del Instituto en este sentido puede entenderse al observar que amplió su red de centros de recepción de 17, antes del ciclo 1971-72, a 48 en ese ciclo, para llegar a 63 en el ciclo 1972-73. Como consecuencia de esta mayor penetración, aumentó sensiblemente sus compras directas a campesinos, y pasó de 265.5 mil quintales en 1970-71, hasta casi un millón de quintales en 1972-73. Mientras en el ciclo 1970-71 sólo captó un 6.4% de la cosecha nacional, dos ciclos después ya lograba captar 18.8%.
En lo que respecta a las UEPC, el primer año (1973-74), el Instituto logró organizar 1,030 unidades con 24,903 miembros (socios). A finales del siguiente año alcanzó a otras 666 unidades, duplicando casi el número de socios; para 1977-78, el Inmecafé había logrado agrupar casi 75 mil socios en sus más de dos mil UEPC. De 1978 a 1980, sin embargo, las UEPC se reducen en número y socios, pero a partir de 1981 se recuperan y para 1982 son casi 2,500 UEPC con 95 mil socios. Por otra parte, en 1977 el Inmecafé controlaba al 75.7% de los productores, pero únicamente el 35% de la superficie cafetalera, lo cual muestra cómo la penetración del Inmecafé es más importante en el ámbito social y político, que en la competencia real y efectiva en el campo económico, con el sector privado.
Tal penetración provocó serias críticas por parte del sector privado. Algunos consideraron que el Inmecafé se había excedido en su propósito original de operar marginalmente en el mercado nacional, para estabilizar la oferta y la demanda. Los acaparadores y caciques, poseedores del capital financiero, que basaban su poder político en la compra-venta de café, vieron en estas acciones una intromisión gubernamental que venía a convertirse en un competidor directo.
Junto a lo anterior, durante los años 80, en un contexto de crisis económicas en todo el país (debido a la deuda externa y la caída en los precios internacionales del petróleo), el Estado empezó a disminuir su participación en la economía y a privatizar importantes instituciones publicas, lo que pocos años después alcanzaría al Instituto. De esta manera, también se emprenden nuevas políticas para impulsar la reorganización y consolidación de las organizaciones campesinas; para crear formas de asociación entre los productores directos y empresarios, y para otorgar nuevos incentivos a las inversiones de capital privado, nacional y extranjero en el sector, lo cual se dio en el contexto de una liberación cada vez mayor y bajo el supuesto de que estas inversiones coadyuvarían a capitalizar el campo.
Estas políticas de impulso a nuevas formas de organización se concretaron de manera formal con las modificaciones a la legislación sobre la propiedad y usufructo de la tierra, en los requisitos que el capital extranjero debe cubrir para ser invertido en actividades agropecuarias y forestales, y en la disminución sustancial de las actividades gubernamentales en el financiamiento a la producción y comercialización de productos agrícolas. Lo anterior refleja un cambio en la relación de las fuerzas políticas en el campo, en la que los productores pequeños y medianos vieron debilitada su influencia y descartados sus intereses y posiciones en el proceso de establecimiento de los términos en que se ha llevado adelante la apertura comercial de productos agrícolas.
De esta manera, a partir de 1982 el Inmecafé empezó a reducir su nivel de participación en las actividades cafetaleras en la región, disminuyendo principalmente sus compras de café y sus créditos a los pequeños cafeticultores, aunque el número de UEPC y de socios se siguió incrementado. Para ejemplificar esta situación es suficiente con observar que al principio de los ochenta el Inmecafé estaba comprando casi el 50% del café producido en la región del Istmo de Tehuantepec en Oaxaca, pero para 1987-1988 sólo compró cerca de 9% de la producción regional y 9.6% de la producción nacional.
Aunque la disminución en el acopio del café fue muy marcada, el Instituto todavía conservó por algunos años las funciones de representación ante la OIC, el control de las exportaciones y de las divisas obtenidas por ello y la aplicación de la normatividad correspondiente. Sin embargo, para e1 año 1989-1990 se decretó la disolución del Instituto, lo que trajo como uno de los principales problemas el traspaso de las instalaciones del Inmecafé al sector social cafetalero.
En ese momento la planta agroindustrial del Inmecafé estaba conformada por 48 unidades, entre beneficios húmedos y secos, y centros de secado y despulpe. Hoy, en su mayoría han sido transferidas, y cerca de 31 unidades se dieron bajo la modalidad de "arrendamiento con opción a compra". No obstante se debe señalar que el gran tamaño de los beneficios a transferir demandaba la existencia de organizaciones consolidadas y con altos volúmenes de producción, además de requerir elevados montos de capital de trabajo. Ello contrastaba con el bajo nivel organizativo de los cafeticultores, en parte, debido a la dependencia y subordinación que el mismo Inmecafé promovió por años y con el prácticamente nulo acceso al crédito (fuera de los canales del mismo Instituto) por parte de las organizaciones.
Para atenuar estas dificultades, de las plantas agroindustriales que tenía el instituto, 3 beneficios húmedos y 4 beneficios secos fueron desmantelados totalmente por problemas de ubicación (en zonas urbanas y alejadas de zonas de abasto); así mismo, otros fueron desmantelados parcialmente por estar sobre-equipados con relación a sus áreas de abasto (6 beneficios húmedos de gran capacidad del estado de Veracruz, por ejemplo).
El 31 de mayo de 1993 se publicó en el Diario Oficial de la Federación el decreto que abrogó la ley que había creado al Instituto Mexicano del Café, mismo que fue sustituido por el Consejo Mexicano del Café, que en el mes de enero de ese mismo año se había creado.
Con
el retiro y posterior desaparición del Instituto, la mayoría de
los pequeños productores, por dificultades organizativas, quedaron a
merced de los intermediarios en plena crisis del grano. Las excepciones fueron
los grupos que producían o que en ese tiempo se incorporaron a la producción
de café orgánico.
En la actualidad, el órgano gubernamental relacionado con la cafeticultura nacional es el Consejo Mexicano del Café (CMC), dependiente de la Secretaría de Agricultura. Dicha instancia ha sido coherente en sus acciones y programas con las nuevas reglas que el gobierno ha marcado en el sentido de la desregulación y la menor injerencia a través de compras directas y subsidios para dejar ese espacio a la iniciativa privada, quedando así dicho Consejo limitado a un campo fundamentalmente propositivo y que en este sentido su acción directa sobre los procesos de producción, beneficiado y exportación es mínima.
De hecho, las acciones que desarrollaba el Inmecafé directamente con los productores no son atendidas en la actualidad por el Consejo. Así, la investigación se transfiere al INIFAP, que por cierto había tenido poca actividad dentro del sector; la asesoría técnica oficial desaparece, quedando un gran vacío que nadie ha llenado, y el financiamiento a los pequeños productores queda en manos del Pronasol. Para comprobar lo anterior, haremos una breve descripción de los objetivos, composición y actividades del Consejo.
El CMC es una asociación civil constituida formalmente el 28 de junio de 1993, e integrada por:
Los objetivos generales de este nuevo órgano cafetalero son:
Organos.
Principales actividades.
Particularidades sociales
Desde el punto de vista social, la importancia del café reside en que más de 190,000 productores y aproximadamente 350,000 jornaleros participan en este cultivo, además de que considerando las familias de estos grupos y las del personal ligado a la transformación y comercialización del grano, alrededor de 3 millones de mexicanos dependen del café en algún grado.
Junto a ello, durante los doscientos años de cultivo y transformación del café, se han generado una serie de particularidades que se manifiestan por regiones cafetaleras, entendiéndose por región el área geográfica integrada por varios municipios contiguos y características geográficas semejantes; donde generalmente alguna cabecera municipal se ha desarrollado más que otras y constituye el centro económico, comercial y hasta político del área.
La doctora Margarita Nolasco determinó geográficamente, en las regiones cafetaleras, las redes que vinculan los municipios pequeños a localidades medianas constituidas en centros de acopio, entre otras Putla, Miahuatlán, Tuxtepec, Mitla, Ixtepec y Matías Romero en el estado de Oaxaca. En San Luis Potosí, Tamazunchale; en Puebla, Huauchinango, Tehuacán y Cuetzalan; en Chiapas Venustiano Carranza, San Cristóbal de las Casas y Ocosingo, y en el estado de Veracruz, Coatepec, Huatusco, Zongolica, San Andrés Tuxtla y Catemaco.
Estos centros vinculan las transacciones comerciales con los grandes centros de comercialización nacionales en las ciudades de Oaxaca, Tuxtla Gutiérrez y Tapachula en Chiapas.
Los empresarios comercializadores de estas ciudades concentran sus operaciones de compra-venta del grano, así como las financieras (de inversión y crediticias) en las ciudades que se han convertido en asiento de las empresas que realizan los grandes movimientos de café, ya sea para exportación o para el mercado nacional. Estas ciudades son: Jalapa, Monterrey, Oaxaca, Córdoba y México, D.F., donde operan grupos de exportadores, finqueros e industriales del café.
Sin embargo, debemos resaltar que de los 9,748 productores registrados por el Censo Cafetalero de 1986/87, 14.6 por ciento son productores de infrasubsistencia, 51.8 por ciento de subsistencia y sólo el 29 por ciento son excedentarios. Además, el 95.4 por ciento de todos los productores se incluyen en la categoría de campesinos, mientras que solamente el 4.6 por ciento pertenecen a la categoría de empresarios, de los cuales cerca del 3 por ciento son pequeños y el resto medianos y grandes.
La cafeticultura y su relación con la fuerza de trabajo
En este apartado vamos a ver cuál es la importancia de la cafeticultura en relación con la fuerza de trabajo que utiliza durante todo el año, haciendo notar que en México ésta actividad requiere más trabajadores de noviembre a marzo (época del corte del grano), por lo que no se tiene un flujo regular durante todo el año. Así, durante el ciclo 1996/1997 la fuerza de trabajo que se ocupó en labores relacionadas con la cafeticultura representó el 10% de los empleos generados por la agricultura del país.
Alfredo Moisés Ceja, presidente de la Confederación Mexicana de Productores de Café, mencionó que el café es un generador nato de empleo, debido principalmente a las condiciones topográficas en donde se encuentran las fincas cafetaleras del país: nosotros no podemos meter maquinaria como lo hacen en Brasil. Las condiciones topográficas en donde se cultiva el café en México son totalmente quebradas, no cabe la maquinaria, por lo que el trabajo tiene que ser 100% manual. Inclusive se considera que las labores cafetaleras desde la siembra, las limpias, la fertilización y el corte son actividades artesanales que difícilmente van a poder mecanizarse.
La mecanización puede llegar solamente a algunas zonas productoras, pero es seguro que el 70% de los terrenos en donde se desarrolla la actividad cafetalera no podrán entrar las máquinas.
Como
podemos ver, la magnitud de fuerza de trabajo empleada durante el proceso de
producción constituye una variable que nos permite hacer una clara distinción
entre los diversos tipos de cafeticultores. Considerando a los productores en
relación con las cinco labores más importantes del cultivo como
son, limpia o chapeo, poda, deshije, resiembra y almácigo, tenemos que
los de infrasubsistencia incorporan 95 jornales de trabajo, en su mayor parte
familiares; en los de subsistencia, aun cuando el número de jornales
supera en más del 100% al primero, ya que alcanzan los 238, no dejan
en buena medida de ser de carácter familiar, por su parte, en el grupo
de campesinos excedentarios el número de jornales incorporados en estas
labores asciende a 493, poco más de 100% con respecto al estrato anterior,
finalmente, los pequeños empresarios emplean alrededor de 770 jornales,
lo cual equivale a más de 8 veces que el estrato de campesinos de infrasubsistencia
además de que se dan relaciones de trabajo asalariado.
Características ecológicas
Como
ya vimos, en nuestro país el café crece en zonas con condiciones
generalmente semi-selváticas donde esta actividad ha tenido gran peso
tanto para la conservación como para la destrucción del hábitat
que lo rodea. Esta ambivalencia se debe principalmente a los métodos
de cultivo y beneficiado usados, los cuales pueden adecuarse para
dañar en la menor medida posible su entorno. Sin embargo, en nuestra
investigación de campo se ha observado que las condiciones económicas
de todos los productores son las que determinan la inclusión o no de
métodos ecológicos. Así, en este apartado veremos algunas
de las consecuencias de los métodos tradicionales de cultivo así
como las formas más comunes de cambiarlos por procesos que tomen en cuenta
el medio ambiente.
Daños ambientales causados por la cafeticultura
Existen dos consecuencias ambientales principales derivadas del cultivo del grano tanto dentro como fuera de las zonas cafetaleras. La primera de ellas es la deforestación que sufren esas regiones debido a los métodos de cultivo como el "intensivo" y el "semintensivo".
El primero de ellos implica la ausencia de árboles de sombra dentro de las parcelas, lo que implica el corte de todas las especies nativas para ser reemplazadas con arbustos de porte bajo y alta productividad. Este método también implica un gran uso de insecticidas y fertilizantes químicos, lo que contamina la tierra además de propiciar la erosión del suelo debido a la corta vida de ese tipo de cafetos (12 años aproximadamente).
Aunque en el cultivo semintensivo sí se permite el uso de sombra dentro del cafetal, ésta se obtiene de especies seleccionadas como el "chalum", que pertenece al género Inga, y que proporciona hidrógeno a los arbustos, o se introducen árboles maderables y frutales. Esta práctica empobrece la biodiversidad vegetal nativa de esas regiones, además de poner en peligro la sobrevivencia de diversos animales que dependen directa e indirectamente de otras plantas que no son usadas por el hombre.
Por otra parte, el beneficiado tradicional del café representa otra forma importante de contaminación (junto a los residuos químicos) para las fuentes pluviales debido a que los desechos de la transformación del aromático simplemente son vertidos a ríos y arroyos, situación que los contamina durante toda la época en que se beneficia el café cereza. A esto debemos añadir el hecho de que el beneficiado tradicional usa miles de litros de agua provenientes de los mismos ríos que contamina, por lo que se tiene un gran consumo de agua limpia para beneficiar cada quintal del grano.
Algunas propuestas a los problemas ambientales
Frente a los problemas antes mencionados se han buscado soluciones que coadyuven a disminuir todos los daños ocasionados al medio ambiente a través de la exploración de nuevos nichos de mercado, como es el mercado para el café orgánico basado en modelos de producción sustentable*. Así mismo es necesario racionalizar el uso de agroquímicos en la cafeticultura, aplicando programas de manejo integrado del cultivo y la promoción de la reforestación y protección de las cuencas cafetaleras.
En nuestro país este tipo de cultivo nació en parte a raíz de la búsqueda de soluciones a los problemas de bajos precios y la falta de financiamiento, así como para disminuir los egresos provocados para la compra de insumos (agroquímicos) y responder a la demanda de las corrientes ecologistas norteamericanas y europeas. Así, a principios de los años ochenta algunas organizaciones de pequeños productores, principalmente tradicionales, decidieron producir café orgánico porque este tipo de agricultura era para ellos el instrumento idóneo para mejorar sus rendimientos y obtener una mayor remuneración por su producto.
Esto se debe a que este café ofrece la ventaja de tener un sobreprecio, aunque variable según la calidad; así, mientras en el mercado tradicional los precios del café suave fueron del orden de US$ 66/quintal, México colocó su café orgánico en un promedio de US$ 105/quintal. Otros países, con cafés orgánicos de mejor calidad alcanzaron precios más altos, como Colombia que vendió a US$ 120/Qq o Jamaica, con su célebre (Blue Mountain), que recibió US$ 160/quintal.
En nuestro país existen 10 fincas certificadas como productoras de café orgánico que produjeron cerca de 300 mil sacos, mientras que en el ámbito mundial la producción es cercana a 500 mil sacos anuales. Como podrá verse, nuestro país es el primer productor de este café en el mundo. En ese sentido se estima que a la cafeticultura orgánica se destinan unas 12,000 hectáreas, que en su mayoría se localizan en la zona del Soconusco, Chiapas. Los rendimientos de producción se encuentran entre 12 y 25 quintales por hectárea.
Los costos de producción de café orgánico son mayores que los del cultivo convencional en un sistema intensivo, debido al incremento en el uso de mano de obra. A pesar de lo anterior, resulta atractivo para los pequeños productores por contar con mano de obra familiar y recibir precios superiores a los convencionales; ello sin considerar el bajo impacto ambiental que provoca.
Junto a los cultivos orgánicos, recientemente se han introducido al país beneficios ecológicos que minimizan el consumo de agua en el beneficiado húmedo, y que permiten despulpar y lavar el grano en un mismo proceso, lo que además de ahorrar agua, reduce sus tiempos de producción.
La relativamente reciente introducción de este tipo de beneficios al país ha sido apoyada por instancias gubernamentales como el Fonaes y Alianza para el Campo. Aunque la mayoría de los beneficios húmedos todavía usan métodos tradicionales, en nuestra investigación de campo se encontró que ya se aprovecha este tipo de maquinaria en Tapachula, en la Sierra Norte de Puebla y en Ixtepec, Oaxaca, entre otros. En todos los casos, dichos beneficios son poseídos por organizaciones de indígenas cafetaleros.