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BOLETÍN NO. 12



El VIII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe o del ridículo feminista en la playa 

Francesca Gargallo 

Siempre dudé que fuera cierto aquello de la violencia verbal del Encuentro de Chile. Hoy, tras el blitz de la policía militarizada federal en la UNAM, cuando novecientos estudiantes están presos y hay periodistas que dicen que ahora podrá volverse a la "normalidad" en la universidad mexicana, lo dudo todavía más. Violencia la hay donde no se dialoga. No importan los motivos o las formas en que la comunicación no se da. Hay violencia cuando se finge hablar, la hay cuando simplemente se cierran las posibilidades de entenderse, y cuando se dispersan los contenidos de las palabras, se finge que los conceptos tengan significados múltiples e incomprensibles, la música tapa las palabras y los cuerpos se desencuentran. Hoy, mientras estudiantes que sólo pretendían mostrarnos que el sistema neoliberal es injusto con la juventud sin recursos en el mundo del dinero que se reproduce en escasísimas manos, pienso que fue mucho menos violento el VII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe que se efectuó en 1996 en Chile, que el absolutamente frívolo VIII Encuentro, que se efectuó en Dominicana en noviembre del año pasado. 

    Sin embargo, en Juan Dolio, playa de medio pelo con hoteles de cuatro y cinco estrellas y lugares determinados para el "descanso" de las neuronas y el merengue adelganzante (cuidado: dos adicciones de nuestro tiempo de las que las mujeres somos muy fácilmente presas), las mujeres que nos reunimos para repensar, recrear, reanimar nuestros feminismos a los que había sido impuesto un tour de force de tres años por los fuertes, agresivos, desesperados, tiernos diálogos, discursos, palabras, enfrentamientos y planteamientos expresados en el pobre balneario agredido por el turismo de Pinochet, Cartagena, no pudimos hablar entre nosotras. 

    La agresión del supuesto bienestar contra nuestras palabras fue brutal. No hubo plenarias en serio porque las organizadoras no pensaron en un espacio para nosotras y se limitaron a "rentar" salones por dos horas. Hubo técnicos que se hacían señas entre sí para "cortarnos" los micrófonos porque ya era hora que desalojáramos el espacio. Hubo 
talleres en los que nuestras palabras perdieron la competencia con los altoparlantes de los aeróbicos de piscina. Un, dos, tres, media vuelta y nuestros planteos de un mundo bisexuado, nuestros debates sobre la violencia de carácter familiar que hemos adoptado para descalificarnos unas a las otras, nuestra posición sobre la autonomía y sus significados en un mundo que algunos (en masculino, pero hay muchas mujeres también que lo piensan) pretenden sea tan globalizado como unívoco, se esfumaban en el ruido del turismo estupidizante. 

    Claro, ninguna de nosotras se sintió nunca atacada, como yo me sentí en Chile, por la desesperación de no poder comunicarse en paz con sus compañeras de vida (sí, eso son para mí las demás feministas). Sin embargo, vagábamos de un hotel a otro en busca de reuniones y talleres que no se daban porque nadie llegaba a tiempo, nadie sabía dónde se efectuarían, nadie estaba segura de haber visto presentarse porque los meseros habían quitado nuestros carteles ya que afeaban el espacio. 

    En Juan Dolio no nos encontramos porque no nos comunicamos, con lo cual nos agredimos sin darnos cuenta. 

    Hace dos meses estaba segura de que el Encuentro de Dominicana fue tan mal organizado porque en realidad se quería desmovilizarnos antes que reunirnos. Mujeres libertarias en diálogo entre sí son peligrosas para el sistema, son peligrosas para la economía de los cuerpos, para la política de imposición de modelos, para la nueva distribución de fuerzas y la neocolonización de las producciones agraria, intelectual e industrial. 

    Hoy soy todavía más radical: en Juan Dolio nos agredimos como nunca antes: no nos hablamos. 

    Cierto es que algunas sí lo hicimos. Siempre existe el espacio privado cuando el público se nos escapa. Pero el feminismo fue el primer movimiento que reivindicó su intrínseca unidad. También es cierto que amigas separadas por boletos de avión exageradamente caros y salarios exageradamente bajos, se encontraron en su fiesta de cuerpos, vinos (era gratuito beber en los paquetes "todo pagado" en los que fuimos insertas) e intercambios de productos, besos, afectos e informaciones. 

    Creo que el encuentro como tal se redujo a la marcha del 25 de noviembre de 1999, día latinoamericano contra la violencia hacia las mujeres. Entonces, las poco menos de mil feministas que acudimos a Dominicana nos encontramos en las calles de un Santo Domingo que fue testigo de la vida y la muerte el 25 de noviembre de 1960 de las hermanas Mirabal por la dictadura de Trujillo, mientras a menos de dos kilómetros de nosotras se reunían los presidentes del mundo en desarrollo. Hasta las monjas de un convento de la más antigua ciudad española de América salieron a saludarnos desde sus balcones. Denuncias y música, deseos y arte, explicitación del racismo en las migraciones y hermandad con las mujeres de Afganistán, madres relatando cómo el machismo sigue matando a sus hijas por medio de una violencia intrafamiliar solapada por la economía y la estructura familiar y jóvenes relatando cómo se han liberado de las cadenas del matrimonio y la familia, se unieron para que la Plaza de España se convirtiera en el escenario de una fiesta. Una fiesta que sustituyó el Encuentro. 

    ¿Por qué ninguna de nosotras fue capaz de convertir el espacio ajeno de Juan Dolio en un espacio propio mediante un acto de rebeldía y presencia: un gesto de creación, una canción, un minuto de silencio? Las feministas haitianas se acercaron a la razón: a mitad de una plenaria, en un salón repleto, en el que se leían informes de talleres deseadamente corporales y de grupos de reflexión acerca de los nuevos y viejos modelos de dominación y del movimiento feminista como movimiento social, la delegación haitiana, en su isla, con su francés de tonos afrocaribeños y en nombre de las angloparlantes del Caribe, tuvo que denunciar que las feministas latinoamericanas seguimos sin hablar entre nosotras, sin hacer el menor esfuerzo para comunicarnos, sin cuestionar la lengua de la colonia y exigió que el español no fuera ya el vehículo de una dictadura lingüística, además desprestigiado por las otras dictaduras lingüísticas: las del inglés norteamericano y del francés sorboniano.