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BOLETÍN NO. 11



El comunicarse: UNA REFLEXION QUE APENAS EMPIEZO

Francesca Gargallo

Para la mayoría de las personas, comunicar es un hecho natural en cuanto todos los seres humanos tendemos a entrar en un contacto significativo con las y los demás. Comunicamos nuestras necesidades de maneras distintas: jugamos, hablamos, pintamos, cantamos, escribimos. Usamos lenguajes que se articulan según gramáticas (organizaciones de significados) que les son propias. Lo cual demuestra que si bien comunicar es una tendencia común a toda la humanidad, cómo comunicamos depende de las culturas.

El mundo contemporáneo -que en 1990 ha sepultado los tres siglos de modernidad que concretaron las quemas de brujas y la física newtoniana, la lógica cartesiana y la filosofía política de Hobbes- conoce formas de comunicación que, repentinamente, se desligan de la corporalidad humana, sin perder la marca histórica de la dominación masculina. El telégrafo permite que lleguen mensajes sin mensajeros; la radio que se escuche música sin músicos; el cine que veamos imágenes aparentemente en movimiento; la televisión que nos informa acerca de mundos cuya ubicación geográfica ignoramos. La Internet, el medio más veloz de comunicarnos, desde hace una década, permite el encuentro sin censuras de deseos que sólo necesitan una gramática cibernética para expresarse. Y para perderse también.

El hecho real es que todas estas nuevas formas de comunicación ni han sustituido las antiguas, que siguen siendo las más convincentes aunque limitadas, ni han cambiado los contenidos agresivos, sexistas, de dominación y racistas de los discursos tecnológicos que las han desarrollado. En este siglo, no han habido ni cuarenta minutos de paz conjunta en todo el orbe, las mujeres siguen ganando el 40% menos que los hombres, los genocidios se han multiplicado, se mata en nombre de ideas y provechos como antes se hacía en nombre de una divinidad, mientras todos los medios de comunicación -¿o debería decir de divulgación?- vulgarizan las fundamentales ideas de la relatividad de las concepciones ideológicas y de las interpretaciones de la realidad.

A pesar de esta falla en los procesos de comunicación llevados a cabo por los medios masivos, siempre más rápidos y repetitivos, no puede negarse que las mujeres en éste siglo hemos tomado la palabra, siendo las principales enterradoras de esa modernidad que se erigió sobre las cenizas de nuestros 8 millones de cuerpos quemados en el siglo XVII. Cuerpos y conocimientos, cuerpos y gramáticas del chisme, del bordado, del intercambio de cuidados infantiles, de la interpretación de los repiques de las campanas, de los movimientos por la paz, cuerpos y comunicaciones.

Sufragistas, socialistas, feministas han cuestionado la centralidad del cuerpo masculino en la filosofía y la representación de lo humano, desarrollando gramáticas interpretativas de la realidad basadas fundamentalmente en la búsqueda de una convivencia pacífica entre los sexos y los pueblos (antes y durante la primera y la segunda Guerra Mundial, el 8 de marzo las mujeres europeas se manifestaron siempre a favor de la paz en nombre de la vida, trascendiendo así las demandas marxistas centradas en la unión de todos los obreros).

La transformación del lenguaje por parte de las mujeres ha sido lenta. La radio y el cine querían mujeres que respondieran a la imagen dominante que respetaban: mártires y heroínas, amas de casa y amantes, todas debían ser estrictamente heterosexuales y enamoradas de la cultura, el poder, las expresiones encarnadas en el cuerpo masculino.

En un principio sólo algunas revistas lograron romper el silencio de siglos de desautorización de la cultura femenina. Aprender a escribir, paradójicamente, para muchas significó aprender a expresar lo que las palabras habladas no le permitían. Sin embargo, las aulas de las universidades, que a finales del siglo XIX empezaron a aceptar mujeres como alumnas, quedaron cerradas a la enseñanza de las ideas femeninas hasta hace relativamente muy poco. Aun una médica y pedagoga tan libertaria como María Montessori, por el aislamiento de otras mujeres en el que vivía, no pudo vislumbrar las necesidades de las niñas en el salón de clase y la vida productiva. Sólo la interlocución, en efecto, permite la comprensión.

Además, en el siglo del reencuentro de las mujeres entre sí y con el mundo, la rapidez -que no es un buen aliado para la autopercepción- ha marcado el sino de la contemporaneidad occidental. Desde el transporte hasta la comunicación, el desarrollo se ha medido en términos de velocidad. Asimismo, la ansiedad por el control, el ejercicio del poder por la palabra, la manipulación de los sentimientos, han encontrado en los medios masivos de comunicación una vía rápida de confirmación.

La autoconciencia, esa forma de comunicación sexuada y presente que las mujeres inventaron a mediados de 1960 para pensarse a sí mismas, a sus vidas, sus educaciones y sus sentimientos, implicaba el tiempo de la reunión de cuerpos en libertad. La voz, emitida desde las emociones emergentes, se articulaba alrededor de un esfuerzo de comprensión de sí, de la otra, y del hecho de estar construyendo los códigos con los que intercambiar mensajes. La autoconciencia permitía reinventar la comunicación lingüística, al favorecer que una dijera a otra algo sobre la realidad vivida desde el cuerpo femenino sin tener que pasar por el tamiz de la lengua masculina.

Es cierto que la autoconciencia implicaba una forma de organización feminista que fue rebasada por la voluntad de acción pública de las mujeres. Sin embargo, quiero subrayar la importancia de la comunicación autoconciente en el aprendizaje, esa relación que no existe sin la presencia de una maestra y una alumna. En la escuela tradicional la autorregulación metalingüística práctica de la maestra y de la alumna pocas veces permitía un escenario de comunicación real. No hablamos igual frente a quien consideramos una igual y frente a quien tememos (o a quien no respetamos).

La escuela era y es el espacio tradicional de la competitividad y uno de los ritos de pasaje a la adultez más brutales y determinísticos de todas las culturas. Para ello es suficiente pensar en su mecanismo de calificación, el examen. El pensamiento feminista ha puesto en tela de juicio las definiciones de infancia, alumnado, subjetividad humana, al no aceptar el modelo de humanidad construido sobre el hombre adulto, sano, económicamente activo y dominador (colonialista). Y puesto que no puede haber idea sin su expresión, la didáctica feminista no acepta situaciones comunicativas como las de la enseñanza tradicional.

Estar en un espacio común, experimentar una empatía, evitar el recurso de la sistematización de las ideas para dejar fluir intuiciones que se transforman en pistas para el trabajo teórico que se sigue juntas, son todos elementos de la comunicación educativa en el ámbito de una docencia feminista. Las mujeres en comunicación académica, hemos descubierto que la desigualdad sexual -el sexismo- es una relación de poder entre los sexos que conforma el contexto de todas las expresiones que se produjeron en la sociedad moderna y que informan todavía la sociedad contemporánea. Por lo general, mujeres y hombres utilizamos un mismo conjunto de signos para la comunicación ideológica. Si nuestras ideologías difieren -por ejemplo con respecto a la idea de humanidad- tenemos una intersección de interpretaciones distintas en cada signo, una lucha de intereses políticos y culturales que en él confluyen. Durante un periodo, el interés del grupo sexual dominante se impone, la oposición crece en silencio y el significado del signo deja de ser unívoco. Sólo la comunicación entre mujeres interesadas en aprender unas de otras permite entender cómo el lenguaje y su gramática refleja el poder social entre los sexos.

fin