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Para la mayoría de las personas, comunicar es un hecho natural en cuanto todos los seres humanos tendemos a entrar en un contacto significativo con las y los demás. Comunicamos nuestras necesidades de maneras distintas: jugamos, hablamos, pintamos, cantamos, escribimos. Usamos lenguajes que se articulan según gramáticas (organizaciones de significados) que les son propias. Lo cual demuestra que si bien comunicar es una tendencia común a toda la humanidad, cómo comunicamos depende de las culturas. El mundo contemporáneo -que en 1990 ha sepultado los tres siglos de modernidad que concretaron las quemas de brujas y la física newtoniana, la lógica cartesiana y la filosofía política de Hobbes- conoce formas de comunicación que, repentinamente, se desligan de la corporalidad humana, sin perder la marca histórica de la dominación masculina. El telégrafo permite que lleguen mensajes sin mensajeros; la radio que se escuche música sin músicos; el cine que veamos imágenes aparentemente en movimiento; la televisión que nos informa acerca de mundos cuya ubicación geográfica ignoramos. La Internet, el medio más veloz de comunicarnos, desde hace una década, permite el encuentro sin censuras de deseos que sólo necesitan una gramática cibernética para expresarse. Y para perderse también. El hecho real es que todas estas nuevas formas de comunicación ni han sustituido las antiguas, que siguen siendo las más convincentes aunque limitadas, ni han cambiado los contenidos agresivos, sexistas, de dominación y racistas de los discursos tecnológicos que las han desarrollado. En este siglo, no han habido ni cuarenta minutos de paz conjunta en todo el orbe, las mujeres siguen ganando el 40% menos que los hombres, los genocidios se han multiplicado, se mata en nombre de ideas y provechos como antes se hacía en nombre de una divinidad, mientras todos los medios de comunicación -¿o debería decir de divulgación?- vulgarizan las fundamentales ideas de la relatividad de las concepciones ideológicas y de las interpretaciones de la realidad. A pesar de esta falla en los procesos de comunicación llevados a cabo por los medios masivos, siempre más rápidos y repetitivos, no puede negarse que las mujeres en éste siglo hemos tomado la palabra, siendo las principales enterradoras de esa modernidad que se erigió sobre las cenizas de nuestros 8 millones de cuerpos quemados en el siglo XVII. Cuerpos y conocimientos, cuerpos y gramáticas del chisme, del bordado, del intercambio de cuidados infantiles, de la interpretación de los repiques de las campanas, de los movimientos por la paz, cuerpos y comunicaciones. Sufragistas, socialistas, feministas han cuestionado la centralidad del cuerpo masculino en la filosofía y la representación de lo humano, desarrollando gramáticas interpretativas de la realidad basadas fundamentalmente en la búsqueda de una convivencia pacífica entre los sexos y los pueblos (antes y durante la primera y la segunda Guerra Mundial, el 8 de marzo las mujeres europeas se manifestaron siempre a favor de la paz en nombre de la vida, trascendiendo así las demandas marxistas centradas en la unión de todos los obreros). La transformación del lenguaje por parte de las mujeres ha sido lenta. La radio y el cine querían mujeres que respondieran a la imagen dominante que respetaban: mártires y heroínas, amas de casa y amantes, todas debían ser estrictamente heterosexuales y enamoradas de la cultura, el poder, las expresiones encarnadas en el cuerpo masculino. En un principio sólo algunas revistas
lograron romper el silencio de siglos de desautorización de la
cultura femenina. Aprender a escribir, paradójicamente, para
muchas significó aprender a expresar lo que las palabras habladas
no le permitían. Sin embargo, las aulas de las universidades,
que a finales del siglo XIX empezaron a aceptar mujeres como alumnas,
quedaron cerradas a la enseñanza de las ideas femeninas hasta
hace relativamente muy poco. Aun una médica y pedagoga tan libertaria
como María Montessori, por el aislamiento de otras mujeres en
el que vivía, no pudo vislumbrar las necesidades de las niñas
en el salón de clase y la vida productiva. Sólo la interlocución,
en efecto, permite la comprensión. La escuela era y es el espacio tradicional de
la competitividad y uno de los ritos de pasaje a la adultez más
brutales y determinísticos de todas las culturas. Para ello es
suficiente pensar en su mecanismo de calificación, el examen.
El pensamiento feminista ha puesto en tela de juicio las definiciones
de infancia, alumnado, subjetividad humana, al no aceptar el modelo
de humanidad construido sobre el hombre adulto, sano, económicamente
activo y dominador (colonialista). Y puesto que no puede haber idea
sin su expresión, la didáctica feminista no acepta situaciones
comunicativas como las de la enseñanza tradicional. fin |