Kinal

Doscientas trece voces contra la muerte.

Mortalidad materna en zonas indígenas.

 

Gisela Espinosa Damián

Febrero de 2003

¿Qué se hace a la hora de morir?

Kinal

¿Se vuelve la cara a la pared?

¿Se agarra por los hombros

al que está cerca y oye?

¿Se echa uno a correr,

como el que tiene las ropas incendiadas

para alcanzar el fin?

¿Cuál es el rito de esta ceremonia?

¿Quién vela la agonía?

¿Quién estira la sábana?

¿Quién aparta el espejo sin empañar?

Porque a esta hora ya no hay madre ni deudos.

Ya no hay sollozo.

Nada más que un silencio atroz.

Todos son una faz atenta, incrédula

del hombre de la otra orilla.

Porque lo que sucede no es verdad.

“Amanecer”

Rosario Castellanos



Informe Mortalidad Materna 24/Feb/2003. Índice.

Introducción

¿Fatalidad de la naturaleza o injusticia de la humanidad?

El drama en cifras

Las preferencias de la muerte: causas clínicas y factores socioeconómicos

 

El deseo y el derecho

Los saberes, las costumbres

El útero en disputa

Médicos y parteras

De vida o muerte

Modernos y tradicionales ante el riesgo

Las falsas disyuntivas

El dinero o la vida

Conclusiones y recomendaciones

Fuentes de Información

-Bibliográficas

-Páginas WEB

-Entrevistas

-Testimonios recogidos en los talleres sobre embarazo, parto, puerperio y servicios de salud.

 


Doscientas trece voces contra la muerte.

Mortalidad materna en zonas indígenas

 

Gisela Espinosa Damián[1]

 

Introducción

La reflexión que aquí se expone, se basa en datos y análisis generados desde las instituciones de salud; también se apoya en estudios realizados por instituciones académicas y por organismos no gubernamentales; recupera puntos de vista de algunos médicos y enfermeras que laboran en el sector público. Pero la fuente principal de análisis son las experiencias e ideas de doscientas trece mujeres indígenas[2] que durante el embarazo, el parto y el puerperio, han vivido en carne propia dolencias, riesgos, enfermedades, carencias y dificultades, que para algunas familiares o vecinas han significado muerte. La intención de esta reflexión colectiva fue descubrir qué factores están incidiendo en el alto número de decesos maternos en zonas indígenas, y cómo evitarlos para vivir la maternidad de un modo más seguro y placentero.

Convocadas por la Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas CNMI[3]

entre el 11 de julio y el 27 de octubre del 2002, estas mujeres participaron en once talleres de reflexión y análisis sobre la experiencia que ellas y sus comunidades tienen en torno al embarazo, el parto y el puerperio; sus preferencias en servicios de salud (tradicionales y/o modernos) y las ventajas, desventajas y límites que encuentran en cada opción. Finalmente, también debatieron recomendaciones y propuestas para vivir la maternidad con menos riesgo y muerte y para mejorar los servicios de salud en esta etapa reproductiva.

Primero se realizó un Taller Nacional al que asistieron mujeres de doce estados: Veracruz, Guerrero, Chiapas, Quintana Roo, Michoacán, Querétaro, Hidalgo, Morelos, Oaxaca, Puebla, Estado de México y Distrito Federal.[4] Las diez  reuniones restantes se realizaron en cinco estados: Guerrero, Veracruz, Michoacán, Puebla y Oaxaca.[5] He aquí a las partícipes de la reflexión.

En el Taller Nacional: Andrea Chan Poot,  Manuela Díaz de Jesús, Angelina Domínguez Santiago, Lina Rosa García, Citlali Gutiérrez, María Elena Hernández, Alma Lara, Claudia Nayeli Llescas Palma, Agueda Martínez Soto, María Elena Mejía, María Elena Nava, Martha Elena Navarrete, María Teresa Sánchez González, Elia Santiago Antonio, Claudia Torres, Dulce Patricia Torres, Marisol Torres y María del Rocio Valdovinos.

En Guerrero: Melecia Aguilar, Eulalia Agustín, Carmen Agustín, Amalia Carvajal, María Casarrubias, Silvia Chávez, Brigida Chautla, Francisca de la Cruz, Julia de la Cruz, Nieve de la Cruz, Libni Dircio,  Sonia Dircio, Silvina García, Guadalupe Guerrero, Lorena Guerrero, Ubali Guerrero, Feliciano Hernández, Oralia Hernández, Raquel Hernández, Alejandrina Leonardo, Juana Linares, Aida López, María López, Agustina Martínez, Felicitas Martínez, Leovigilda Méndez, Angélica Mendoza, Emiliano Mendoza de la Cruz, María Rosa Miramón, Desideria Moctezuma, Enemesia Morales, Inés Morales, Enedina Nava, Estela Pineda, Herlinda Ramón, Jesús Reyes, Anabel Ríos, Francisca Riqueño, Felipa Riqueño Sánchez, María Guadalupe Rojas, Alicia Sánchez, Antonio Sánchez, Juana Sánchez, Rafaela Sánchez, Hermelinda Tiburcio, Carmela Toribia y Rufina Valerio.

En Veracruz: Columba Altamirano, Lucía Camilo Hernández, Guadalupe Celestino, Rosalía Corona Librado, Genara Cruz Juárez, Josefina Cruz Pascual, Patricia Hernández, Paula Hernández, Mónica Illescas Palma, Josefina Martínez Hernández, Laura Melo, Teresa Mencia, Norma Montaño, Fabiola Montes, María del Carmen Montesino, Delfina Morales, Lucía Morales Celestino, Soledad Narciso Chanteiro, Inés Nepomuceno Aguilera, Cleotilde Nicolas, Lucia Ortega, Clara Palma Martínez, Tomasa Ramírez, Dolores Ramos, Micaela Ramos Limón, Yeny Sánchez, Marcelina Tetlactle, Ifigenia Vázquez Espinosa y Carmelo Xalamihua.

En Michoacán: Concepción Ambrosio, Diana Antúnez, Consuelo Aparicio, Barbarita Cacari, Emma Cohenete, Alicia Diego, Candelaria Diego, Guadalupe Diego, Héctor Diego, Maricela Diego, Yolanda Diego, Beatriz García, Leonora Guzmán, María Dolores Hernández, Yesenia Hipólito, Patricia Illescas, Matilde Joaquín, Tzitziki Joaquín, Bernardino López, Rebeca López, Norma Montaño, Maribel Núñez, Lucía Ortega, Rosaura Piñón, Irene Policarpio, Juana Ramos, Juana Romero, Lourdes Romero, María Martha Romero, Alicia Salvador González, Tomasa Sandoval, Marilú Téllez, Olimpia Téllez Juanpedro, Maritza Tolentino, Adelina Tzintzún, Jorge Tzintzún, Estanislao Vargas y María Rosa Villegas.

En Puebla: María Antonia Allende, Josefina Álvarez, Juana María Arroyo, Oralia Barrios, Emilia Bonilla, María del Pilar Chepe, Ocotlán del Carmen, Faustina Cruz, Emilia de Jesús Diego, Joaquina Diego, María Antonia Diego, Enriqueta García, Felicitas García, Francisca García, Juana Antonia García, Obdulia García, Francisca Hernández, Juana Hernández, Antonia Ignacio, Adelina López, Aurelia López, Ofelia López, Anastasia Lucas, Juana María Josefa, Rosa Moreno, Carmen Ortuño, Gabriela Ortuño, Dolores Pérez, María Teresa Pérez, Micaela Pérez, María Francisca Petra, Dominga Ramos, Teofila Ramos, Angélica Rodríguez y Justina Salvador.

En Oaxaca: Francisca Acevedo Dolores, María Isabel Aguilar Baez, Socorro Ángel Sebastián, Eutropia Angulo Pérez, Susana Avendaño Llescas, Elena Avendaño Martínez, Regina Avendaño Nolasco, María Antonia Carvajal Jerónimo, Oralia Juana Cruz, Georgina Cruz Garcés, Rosa Cruz García, Sofia Fercano Benítez, Martina García Martínez, Micaela González Ramírez, Sofia González Ramírez, Teresa González Ramírez, Hermelinda Hernández, Luisa Hernández Antonio, Carmen Jacobo Hernández, Araceli Javier Pérez, Eugenia Juan Orozco, Eugenia José Manuel, Margarita Juárez, Elizabeth Lerdo Acevedo, Isabel Nolasco, Alejandrina Nolasco Santiago, Celerina Norberto Fercano, Dora Pacheco Sánchez, Esther Pérez Cuevas, Silvia Pérez Cuevas, Justina Roque Pérez, Consuelo Santiago Avendaño, Dolores Sebastián Andrés, Carmen Sevilla Toledo, Julia Antonia Simón, Lizaeth Nayali Vázquez Cruz, Juana Vicente Felipe, Roxana Vidal Avendaño y María Altagracia Vidal.

Desde la coordinación de los talleres: Patrocinia Carreón, Mercedes Castillo, Gisela Espinosa, Nellys Palomo, Gilda Peña, Erika Poblano y Martha Sánchez.

Entre las doscientas trece mujeres que ofrecieron sus ideas y experiencias había solteras y casadas, viudas, separadas y divorciadas, unidas libremente, abandonadas, y unas cuantas que, agobiadas por el sufrimiento, huyeron de la casa conyugal. La mayoría de las participantes eran mujeres jóvenes y maduras en edad reproductiva, pero unas cuantas tenían una experiencia acumulada en 76 años, mientras otras eran adolescentes de apenas trece años. Había madres prolíficas de hasta catorce vástagos, otras que planifican y tienen sólo dos o tres, madres solteras, algunas que han decidido no ser madres, unas más que debido a su juventud sólo conocen la maternidad de “oídas”, y también aquellas que quieren y no han podido embarazarse. Participaron mujeres que se han fogueado en procesos sociales y también amas de casa sin esas experiencias. Llegaron madres e hijas, unas cuantas parejas, abuelas con una nieta adolescente. Y ocho varones: desde el niño de doce años que con auténtico interés tomó nota de todo, hasta el partero de La Montaña de Guerrero que llegó a ofrecer su experiencia o el promotor comunitario que fue a ver qué pasa con el embarazo.

Doscientas trece personas que hablan catorce lenguas: náhuatl, chinanteco, mazateco, mixteco, tlapaneco, amuzgo, ñañú, maya, tzotzil, otomí, purépecha, mazahua, matlazinca y español. La gran mayoría eran bilingües, cosa que facilitó la comunicación y pemitió contar con traducción inmediata en caso de necesidad. Más de dos centenas de indígenas ofrecieron su voz y su mirada sobre este delicado asunto.

Y es la voz de estas mujeres la que cuestiona el triunfalismo oficial sobre el acceso universal a los servicios de salud y la que pone en jaque el criterio geográfico para definir la cobertura.[6] El discurso colectivo permitió constatar que en las muertes de mujeres que iban a ser madres se conjugan problemas de ingreso, de transporte, hasta orográficos y pluviales -como los de aquellas cuyos pueblos quedan incomunicados en temporada de lluvias-. Pero también salió a la luz el hecho de que recurrir a una institución del sector salud no garantiza la salud ni la vida, sea porque las mujeres llegan “en las últimas” y “ya no hay nada qué hacer”; sea porque muchas clínicas y hospitales son como elefantes blancos: sin medicamentos ni equipo y muchas veces sin personal médico o con horarios y calendarios restringidos; sea porque los prestadores de servicios “nos discriminan por ser indígenas y pobres”.

Pero los riesgos se ubican un muchísimos planos: la violencia no respeta embarazos ni cuarentenas, y aquí ya no son médicos ni enfermeras, sino esposos, padres y hasta suegras los que ejercen una violencia que a veces acaba en muerte. La dificultad para regular sus embarazos también incrementa el riesgo de muerte: la existencia de la madre adolescente, la mujer prolífica y la madre añosa, no parece obedecer a un deseo precoz, irrefrenable o tardío de se madre, sino a la subordinación de las mujeres en la pareja, en la familia y en la comunidad; y a la escasez, deficiencia o inexistencia de servicios de salud que les permitan concretar sus decisiones.

Los usos y costumbres de muchos pueblos dicen que ellas no tienen voz ni voto, que deben obedecer...  Pero los usos y costumbres, las prácticas médicas en hospitales y clínicas del sector salud, tampoco las trata como ciudadanas con derechos, sino que las discrimina y violenta o incumple sus derechos reproductivos. Una relación asimétrica de poder y una baja autoestima impiden a estas mujeres tomar decisiones trascendentes en su vida: pocas indígenas se adueñan de sus cuerpos, de su sexualidad y de sus maternidades.

 

¿Fatalidad de la naturaleza o injusticia  de la humanidad?

El indicador “Muerte Materna” (MM) incluye a las fallecidas durante el embarazo, el parto y el puerperio; defunciones que ocurren entre la concepción y hasta 42 días después del parto (Soto, 2000).[7] Alrededor de diez meses y medio en los que toda embarazada vive riesgos y molestias que, dicen los médicos, no tendrían porqué terminar con la vida de una madre.[8]

Datos e informes oficiales reportan que todos los mexicanos tienen acceso a los servicios de salud y que los programas dirigidos a las zonas rurales alejadas, dispersas y pobres, donde habita la mayoría de los pueblos indios, incluyen atención al embarazo, al parto y al puerperio;[9] si así fuera, la maternidad sería un evento seguro y saludable para las indígenas. Contradiciendo a estos reportes, alrededor de mil 300 mujeres, sobre todo rurales e indígenas, siguen muriendo cada año por causas relacionadas con la maternidad. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los decesos no son el único problema, pues por cada muerte materna hay cerca de treinta mujeres que “se salvan” pero quedan con lesiones irreversibles en su salud (Lagunes, 1998).

La muerte materna es prematura e injustificada: en México la mayor parte de las mujeres que fallecen en este trágico evento tiene entre 35 y 39 años (Langer, et. al., 1994); momento en que, según las previsiones demográficas, toda mujer tendría más de la mitad de su vida por delante (la esperanza femenina de vida al nacer es de 78 años, Ssa, 2002a). En países desarrollados casi nadie muere por ser madre. Está comprobado que las complicaciones y enfermedades que se presentan en este periodo son prevenibles, evitables o controlables. La información, la satisfacción de necesidades vitales y el acceso a servicios de salud con calidad, evitan muchas muertes; así que en esos países, morir “de parto” es tan inadmisible y raro como morir de frío o de diarrea. La MM no expresa la impotencia de la ciencia ante ante la falatidad de la naturaleza, sino los límites que en cada país se imponen a ciertos grupos sociales para acceder a los recursos, las decisiones y los derechos sociales y humanos. La muerte materna es en ese sentido, un indicador de justicia, o más exactamente, de injusticia social.

En México se registra un índice de MM dos veces mayor al de los países desarrollados, cifra dura que evidencia los rezagos sociales de una nación que se ha colado en el club de los países ricos; pero cifra moderada si damos un vistazo a las zonas indígenas, donde, según la Secretaría de Salud, el riesgo se triplica. Este hecho muestra la desigualdad interna, la discriminación y marginación que, en un país orgulloso de su raíz indígena, viven los pueblos originarios en medio de la modernidad. Cifra dramática que sin embargo no revela la magnitud del problema, pues el sector salud reconoce sin ambages que hay subregistro, muertes maternas no contadas que ocurren principalmente en zonas rurales e indígenas. Esta invisibilidad estadística es una muestra más de la discriminación que sufren las mujeres indias hasta en su lecho de muerte.

¿Cuál es la magnitud del problema? ¿De qué depende que el embarazo de una mujer indígena acabe en muerte o llegue a feliz término? ¿Qué hacer para evitar riesgos y muertes de madres indígenas?

Desde 1987, cuando la Iniciativa para una Maternidad sin Riesgos convocó a un foro internacional, el tema se ha colocado en un primer plano en la agenda de salud de varios países. El Plan de Acción Regional para la Reducción de la Mortalidad Materna (1990) elaborado por la Organización Panamericana de la Salud y avalado por México, se propuso bajar en un 50 por ciento o más las tasas de mortalidad materna para el año 2000 (Sheffield, 1999:21). De 1991 a 1999, el indicador MM sufre altibajos pero la tendencia global en la década muestra un estancamiento, pese a que las instituciones públicas han creado programas de atención materno infantil que explicitan el objetivo de disminuir la muerte materna.

Se requieren más y mejores servicios médicos, pero el problema se asocia a cuestiones muy diversas y su complejidad exige salir del ámbito estrictamente médico para internarse en el análisis de factores socioculturales, económicos, étnicos y de género que propician las muertes; sólo una estrategia multifacética y articulada, tenderá a reducir realmente los casos.

 

El drama en cifras

Los datos de muerte materna en México están muy por encima de los que se registran en países desarrollados, a lo que hay que agregar el subregistro que el sector salud ha reconocido públicamente. Por esta razón, las tasas reales son superiores a las que aquí se presentan; aún así, éstas permiten aproximarnos a la magnitud del problema.

 

Cuadro 1

Tasas de muerte materna 1990 y 1997-1999.

Muertes por cada 100 mil nacidos vivos

 

País

Tasa de Muerte Materna 1990

Tasa de Muerte Materna 1997-1999

Variación porcentual 1997-99 con respecto a 1990

Canadá

6

4

-33

Estados Unidos

12

9

-25

Chile

65

23

-64

Cuba

95

24

-74

México

110

51

-53

Brasil

220

60

-73

Guatemala

200

95

-52

El Salvador

300

120

-60

Fuente: Elaboración propia. Para todos los países excepto Cuba, los datos de 1990 fueron tomados de, OMS, UNICEF (1996), citada por www.col.ops.oms- org/familia/maternidad/3 cifras. Los datos de Cuba son de: Informe de Population Action International, 2001, en www.populationaction.org/resources/publications

Los datos del bienio 1997-1999, excepto Estados Unidos, fueron tomados de: Indicadores básicos 2001, citada por wwwlainsalud.com/temas/reduc_mortmathtm; para Estados Unidos los datos son de: www.ms.cl/numeros_anteriores/ms_12/coment_muer_mat-htm.

 

Las cifras de este cuadro indican que en los años noventa, la tasa de muerte materna se ha reducido en todos los países. Si bien en los desarrollados la baja no es tan notable (-33% en Canadá, -25% en Estados Unidos) como en algunos países pobres o en vías de desarrollo (El Salvador -60%, Brasil -73%); la diferencia entre desarrollados y pobres es abismal: por cada fallecida canadiense hay 30 en El Salvador y 24 en Guatemala.

Por su tasa de MM en el bienio 1997-1999, México sería un país intermedio; sin embargo, las madres mexicanas viven un riesgo más de dos veces superior al que enfrentan chilenas y cubanas; Chile en “vías de desarrollo” -igual que México- cuenta con un sistema de salud mucho más eficiente y accesible; Cuba con muy escasos recursos financieros y en medio del “bloqueo” coloca la salud y el bienestar social por encima de metas macroeconómicas. Los resultados obtenidos en ambos países cuestionarían las estrategias y/o la retórica oficial de México en torno al problema.

De acuerdo al Cuadro 1, México habría cumplido el propósito de bajar en un 50% la MM en los noventa; sin embargo, tal logro es dudoso, precisamente por el subregistro de los casos y su expresión en un comportamiento errático y poco confiable del indicador. Una visión más detallada de la década hace pensar en un estancamiento de la tasa más que en una reducción sostenida. El Cuadro 2 ilustra el problema.

 

Cuadro 2

Evolución de la Tasa de Muerte Materna en México.

1991-1999

Muertes por cada 100 mil nacidos vivos

 

Año

1991

1993

1995

1997

1999

2000

Tasa

51

45

53

47

51

47

Fuente: Elaboración propia. Los datos de 1991 a 1997 fueron tomados de: Conapo, 2000b. Cuadernos de la salud reproductiva. República Mexicana, Consejo Nacional de Población, México. Los índices de 1999 y 2000 fueron tomados de: Ssa, 2002b. Programa de acción: “Arranque parejo en la vida”. Secretaría de Salud, México.

 

No hay explicación clínica de los altibajos que sufre la tasa de MM, el propio sector público tiende a pensar que las alzas obedecen a un mejor registro de los casos más que a un aumento real de las muertes, lo que indica que las caídas de la tasa son simplemente un subregistro.

Pero no sólo alarman los datos globales, sino los contrastes regionales del país. Las tasas de algunos estados como Baja California Sur, Colima y Sinaloa se aproximan a las de países como Cuba o Chile; mientras las de Chiapas, Guerrero y Estado de México, se acercan a los riesgos y condiciones de países mucho más pobres que el nuestro. El Cuadro 3 nos muestra estos contrastes internos.

 

Cuadro 3

Tasas de Muerte Materna. Nacional y Estatales. 1999

Muertes por cada 100 mil nacidos vivos

 

Entidad

Tasa de Muerte Materna

Diferencia porcentual con respecto a la media nacional

Chiapas

70

+37

Guerrero

70

+37

Estado de México

69

+35

Promedio nacional

51

0

Sinaloa

27

-47

Colima

23

-55

Caja California Sur

19

-63

Fuente: Elaboración propia con base en datos de: Ssa, 2001. Programa Nacional de Salud 2001-2006. Secretaría de Salud, México.

 

El seguimiento que se ha dado al problema indica que en el Norte del país se localizan los estados con más baja mortalidad materna; en el Centro se ubican estados con mortalidades cercanas al promedio; y en el Sur-Sureste los estados de alta mortalidad, (Lozano et. al., 1994). Y es en el Sur-Sureste donde habita la mayoría de la población indígena.

            Las cinco entidades donde realizamos el estudio concentran al 78.1 por ciento de los hablantes de lengua indígena, indicador aproximado de la población indígena del país.

 

Cuadro 4

Población indígena. 2000.

 

Entidad

Población de 5 años y más

Población hablante de lengua indígena

Porcentaje de hablantes en la entidad federativa

Porcentaje de hablantes en el país

Nacional

85,931,700

6,274,400

7.3

7.3

Oaxaca

3,006,500

1,125,100

37.4

17.9

Veracruz

6,121,800

615,600

10.1

9.8

Puebla

4,440,600

587,300

13.2

9.4

Guerrero

2,656,200

366,400

13.8

5.8

Michoacán

3,487,200

126,400

3.6

2.0

Fuente: INEGI, 2001. Mujeres y hombres en México, Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, México.
En estas entidades, el panorama de la mortalidad materna es el siguiente:

 

Cuadro 5

Evolución de las Tasas de Mortalidad Materna en Cinco Estados

Muertes por cada 100 mil nacidos vivos

 

Entidad

Tasa Muerte Materna 1991

Tasa Muerte Materna 1993

Tasa Muerte Materna 1995

Tasa Muerte Materna 1997

Tasa Muerte Materna 1999

Guerrero

5.4

5.1

4.4

5.3

7.0

Michoacán

3.2

3.8

5.1

4.2

4.3

Puebla

8.7

6.7

11.2

4.7

4.5

Oaxaca

14.2

9.4

9.0

7.5

5.8

Veracruz

5.0

5.6

5.6

4.2

5.8

Promedio

Nacional

5.1

4.5

5.3

4.7

5.1

Fuente: Elaboración propia con base en datos de: Conapo, 2000b y 2001. Cuadernos de la salud reproductiva (de República Mexicana, Guerrero, Michoacpan, Puebla, Oaxaca y Veracruz), Consejo Nacional de Población, México.

 

Un vistazo rápido a las cifras revela que a excepción de Michoacán, donde sistemáticamente hay un índice menor a la media nacional, y Puebla que de 1997 en adelante también presenta una tendencia a la baja; el resto de los estados donde viven las indígenas que participaron en este estudio tiene tasas de MM superiores al índice nacional. En algunos casos, como Guerrero y Veracruz, la tasa de 1999 es mayor que hace diez años, y no queda claro si este aumento se debe a un mayor número de defunciones o simplemente a un mejor registro de los casos. Oaxaca ha disminuido sistemática y rápidamente este indicador de muerte, de 14.2 en 1991 a 5.8 en 1999, casi a un tercio de lo que fue, quizá ante una tendencia tan consistente haya que pensar que sí, en efecto, han disminuido los decesos. Puebla parecía seguir la misma ruta, pero en 1995 la tasa se disparó y en 1997 cayó a menos de la mitad. Cambios tan abruptos resultan sospechosos si no hay una razón clara del porqué.

Desigualdades más profundas se observan entre los promedios nacional y estatales de tasas de MM, y las registradas en zonas rurales e indígenas. El Cuadro 6 da fe de esta afirmación:

 


Cuadro 6

Tasas de muerte materna a nivel estatal y en zonas indígenas, 1999.*

Muertes maternas por cada 100 mil nacidos vivos

 

Estado

Tasa de Muerte Materna Estatal

Tasa de Muerte Materna en Zonas Indígenas

Riesgo de muerte materna en zona indígena con respecto al país**

Chiapas

70

110

2.15

Guerrero

70

283

5.54

Hidalgo

54

91

1.78

Oaxaca

58

120

2.35

Promedio de los cuatro estados

63

151

 2.96

* No se encontraron datos para zonas indígenas de otras entidades del país.

**Se estimó la diferencia porcentual entre la tasa media nacional: 51 muertes/100 mil nacidos vivos, y las tasas de muerte materna en zonas indígenas. 

Fuente: Elaboración propia con base en datos de: Ssa, 2001. Programa Nacional de Salud, 2001-2006. Secretaría de Salud, México.

 

Las tasas de MM en zonas indígenas son muy superiores a las tasas de sus propios estados, ya de por sí rezagados en el contexto nacional. El riesgo de morir por ser madre en zonas indígenas es tres veces mayor que en el resto del país (2.96 veces); y supera al de la madres salvadoreñas, citadas aquí por su situación desventajosa. La tasa promedio de 151 muertes/100 mil nacidos vivos (NV), coloca a estas regiones en el nivel que estaba Ecuador hace diez años, país que antes y hoy ha contado con menos recursos económicos que México. El caso de Guerrero es particularmente grave, pues su tasa de 283 muertes/100 mil NV, sólo podría compararse con la situación de El Salvador hace diez años, cuando los saldos de una guerra interna habían empeorado las condiciones generales de vida y de salud de los salvadoreños.

            Una vez más, hay que recordar que estas cifras, ya de suyo alarmantes, están por debajo de su nivel real. Freyermuth (2002), recoge los estudios que calculan la muerte materna real contra la reconocida en la estadística: en el periodo 1988-1990 el subregistro estimado para el Distrito Federal  fue de 32.7 por ciento y en Morelos de 37.5 por ciento. En el quinquenio 1988-1993, en Chenahló, Chiapas, se calculó que el subregistro fue de 50%. En 1995, el indicador oficial ocultó 22 de cada cien muertes maternas ocurridas en San Luis Potosí, 8 por ciento en Querétaro y 27 por ciento en Guerrero. Y no fueron cálculos descuidados, sino hechos por el Instituto Nacional de Salud Pública, el Instituto Mexicano del Seguro Social, el Comité Promotor por una Maternidad sin Riesgos y el Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social del Sureste, las instituciones que realizaron estas estimaciones.

Aunque algunas omisiones estadísticas sorprenden y dejan dudas, como el subregistro en el Distrito Federal; todos los cálculos indican que la magnitud de la muerte materna y del subregistro son más graves en zonas marginadas del medio rural e indígena. Un estudio realizado por el Instituto Nacional de Salud Pública (Lozano et. al., 1994) revela que: el 55 por ciento de las defunciones maternas se concentra en localidades con menos de 2,500 habitantes; el riesgo de MM en el medio rural es