¿Y
el cerro negro?
Francisco Valdés Perezgasga
Entre los
riesgos a los que Peñoles tiene sometida a la población
de Torreón hay uno que no se ha analizado con la debida
profundidad. Se trata del horrendo y ominoso cerro negro. Este
cerro es una montaña de los desperdicios que Peñoles
ha ido acumulando a lo largo de su siglo de funcionamiento ininterrumpido
en nuestra ciudad. Carece de los atributos físicos, orográficos,
geológicos y biológicos de un cerro natural. Por
ello quizá no se le asocian los sentimientos atávicos
y mágicos que los humanos solemos tener por los cerros
y las montañas. La elección del cerro negro como
símbolo de orgullo por parte de la compañía
en la cursi, vitriólica y mal escrita serie publicada en
los diarios locales hace un par de años, quizá deba
pasar a los anales de los desastres de la comunicación
empresarial.
El cerro negro se ha vuelto en un símbolo de los peligros
y los daños a que los torreonenses estamos sujetos por
parte de la compañía. Pero a la luz de la tormenta
del pasado lunes 25 de septiembre debemos empezar a preguntarnos
si, además de símbolo, el cerro negro entraña
una amenaza real para la seguridad de quienes vivimos y trabajamos
en sus cercanías.
Empieza apenas
a estudiarse los efectos dispersores que tiene la erosión
-por agua o viento- sobre estos desperdicios supuestamente inertes.
Las primeras investigaciones apuntan hacia la duda sobre la supuesta
inocuidad de estos desechos. Pero existen también serias
preocupaciones sobre la estabilidad mecánica de la mole
de escoria.
La ciencia
de las avalanchas es aún joven y no ha desarrollado herramientas
sofisticadas que permitan predecir el comportamiento de los amontonamientos
de materiales particulados. Esa zona gris de ignorancia debe tenernos
especialmente preocupados en Torreón.
No se requiere
ser genio para intuir que una estructura como el cerro negro es
especialmente susceptible de desmoronarse. Un súbito aumento
en su masa puede desencadenar una serie de infaustos acontecimientos
que podrían derivar en una tragedia. Conservadoramente,
el cerro negro debe ocupar una superficie de unas cinco hectáreas,
es decir, cincuenta mil metros cuadrados. La tormenta del 25 de
septiembre a razón de 94 litros por metro cuadrado- le
puso encima unos cuatro millones setecientos mil kilos de más
en unas cuantas horas. Parte de esta agua debió haber escurrido,
especialmente por la parte de la ladera oriental que está
parcialmente recubierta de piedra. Pero la gran mayoría
de esta agua percoló hacia el interior del cerro.
Más
de una pregunta se agolpa exigiendo respuesta ¿Se ha calculado
el peligro que representa una avalancha del cerro en seco? ¿Se
tiene estudiado el efecto de una tormenta o una serie de tormentas
consecutivas- como la del pasado lunes? ¿Las autoridades
municipales tienen contemplado un plan de alarma, evacuación
y rescate?
En 1966, en
el pueblo minero de Aberfan, Gales, una serie de lluvias torrenciales
desestabilizaron un cerro negro, un apilamiento de escoria, el
cual se avalanzó sobre una el pueblo matando a 144 personas,
de las cuales 116 eran niños de la escuela siniestrada.
Leer los testimonios
de los sobrevivientes de aquella catástrofe le parte el
corazón a cualquiera. Leer las voces de los niños
sobrevivientes, de los padres, de los oficiales de policía
y de bomberos y las crónicas de los diarios le aplana el
alma al más insensible.
Repasar los
análisis de la tragedia es constatar la derrota de la imaginación,
es ser testigo de la incompetencia y la indolencia de los responsables
y, aún a la distancia y tras de treinta y cuatro años
de sucedidos los hechos, es para sublevar a cualquiera. Empecemos
ahora, que estamos a tiempo, a responder a nuestras preguntas
sobre el cerro negro, antes de que la calamidad las responda por
nosotros, como en Aberfan.
Francisco
Valdés Perezgasga
fvaldes@compaq.net.mx