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Estado
de derecho e izquierdas
Gilberto López
y Rivas
El estado de derecho
es un concepto que se ha desarrollado en los últimos tres siglos
de la historia occidental. Forjado, entre otros procesos históricos,
por las revoluciones inglesa (1688), estadunidense (1776) y francesa (1789),
al igual que algunos preceptos jurídico-filosóficos emanados
de la teoría política y social del
iluminismo y el liberalismo económico, se consolida con el establecimiento
mundial del Estado nacional. Son preceptos que a través de la disputa
política de fines del siglo xviii acotan, idealmente, al poder
tiránico y despótico, otorgando a los individuos y a las
naciones derechos anteriormente inexistentes en el horizonte de la legalidad
feudal. El individuo es arropado por una serie de prerrogativas que se
van sedimentando en las leyes y los códigos de los diferentes estados
nacionales y, con el tiempo, en proposiciones mucho más generales
como la Declaración universal de los derechos humanos. Las constituciones
nacionales, por tanto, se erigen como el pivote institucional de lo que
actualmente conocemos como "estado de derecho".
El devenir social,
político y económico del capitalismo se nutre del concepto
mismo y de su cabal ejercicio en esos marcos jurídicos constitucionales.
No obstante, las leyes y los preceptos jurídicos del liberalismo
económico han sido trastocados y reformados por las luchas sociales
y políticas de la clase trabajadora, los partidos de izquierda,
las organizaciones civiles progresistas, y por individuos que en los ámbitos
teórico y práctico se han opuesto al abuso que el propio
estado de derecho burgués otorga a las clases dominantes.
De hecho, podemos
asegurar que la izquierda, las organizaciones progresistas y los individuos
comprometidos con la lucha por la justicia social y la equidad son quienes
han aportado históricamente al estado de derecho su verdadero corpus
ético-político y su orientación libertaria. Son éstos,
igualmente, quienes lo han defendido. Por poner un ejemplo: fueron los
partisanos, los partidos comunistas y las alas más progresistas
de la sociedad de los diferentes países europeos
sometidos a la dominación nazi los que resistieron activamente
y, al final, aportaron elementos definitivos para la derrota de las fuerzas
de ocupación alemanas. En el otro lado del espectro, por el contrario,
de las propias burguesías hechas gobierno surgieron los regímenes
que prefirieron el colaboracionismo con los ocupantes a la defensa nacional,
rompiendo desde arriba el estado de derecho en favor de la
Alemania nazi. Es amargo reconocer que muchas de las fuerzas sociales
y políticas que constituyeron la resistencia fueron condenadas
y hostigadas por los regímenes liberales que se consolidaron después
de la segunda conflagración mundial, instalada ya la guerra fría,
y que poco se ha destacado su papel en la defensa de los estados de derecho
que el fascismo intentó doblegar.
La desobediencia
civil, la rebelión, la revolución son formas que han permitido
forjar nuevos derechos y ejercer aquellos existentes, pero incumplidos
en el propio estado de derecho. Las izquierdas son, en realidad, fuerzas
que han impulsado, paradójicamente, la consolidación del
imperio de la ley. Nadie está obligado a obedecer la que es injusta
y los mecanismos para ejercer su disenso e inconformidad están
consagrados en todas las constituciones y documentos jurídicos
internacionales. En nuestro caso, el artículo 39 de la Constitución
establece el derecho del pueblo a conservar en todo tiempo su preeminencia
sobre los gobernantes y otorga la justificación jurídica
del protagonismo popular en defensa de la nación. Esto fue bien
comprendido por el EZLN para justificar, dentro del marco constitucional,
su derecho a la rebelión frente a un gobierno espurio
surgido del fraude y la ilegalidad. Al emprender una acción política
(militar o civil) quienes no ejercen el poder no pueden violentar el estado
de derecho, que irónicamente les es negado desde arriba, cuando
de por medio están su supervivencia y su dignidad. La legitimidad
de las luchas sociales desde abajo, no obstante, no está dada a
priori y se gana con la capacidad de aglutinar y organizar más
conciencias a su alrededor; es decir, de cambiar la correlación
de fuerzas en su favor.
En realidad, los
conservadores, los regímenes totalitarios y la derecha en general
son quienes sistemáticamente violan los preceptos jurídicos
y éticos consagrados en las constituciones y declaraciones de derechos
humanos y garantías individuales y colectivas. Son las oligarquías,
el gran capital y las fuerzas represivas internas e imperialistas los
que permanentemente tienen que ser constreñidas al imperio de la
legalidad.
La conservación del estado de derecho en favor de la mayoría
nacional, la defensa de la nación y de los preceptos de justicia
social y equidad son, nuevamente, obligaciones ético-políticas
de las izquierdas en la actualidad, frente a colaboracionistas de nuevo
cuño que intentan doblegar a nuestro país y a sus habitantes
en aras de supuestas determinaciones económicas y geopolíticas.
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