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¿Y
los derechos de las Humanas?

Esther
Chávez Cano
Diciembre 12 del 2001
El derecho primario es sin lugar a duda la preservación de la vida,
lo que definitivamente no se da en esta frontera llena de horror e infamia
por el feminicidio que desde hace años se vive en nuestra entidad
y el sin número de asesinatos a hombres jóvenes por el delito
de serlo y de los llamados "ejecutados" aparentemente con una
escala minoritaria de valor, por estar relacionados con el narcotráfico,
aunque el valor a la vida es único e irrefutable.
Pero hay muchísimas
y muy variadas formas de lastimar los derechos humanos y sólo se
necesita analizar las imágenes cotidianas de horror que golpean
la vista, como son las y los niños temblando de frió, durmiendo
en cartones, reflejando el hambre, la insalubridad y el analfabetismo.
Seguramente son muchas y muchos los que han sufrido incesto en sus integrados
hogares o una violencia que los obligó a tomar por hogar la calle.
También existe
una legión de mujeres que no han tenido eco a sus denuncias respecto
a los horribles actos de violencia que reciben en la santidad matrimonial
o fuera de ellas, en la calle, en los trabajos y por supuesto en las instituciones
encargadas de impartir justicia.
Las y los migrantes
que dejaron sus querencias para buscar una vida mejor y sólo encuentran
rechazo, vacío y desesperanza en una tierra y costumbres desconocidas.
Los trasvestis, homosexuales,
lesbianas y trabajadoras sexuales que sufren las agresiones de una sociedad
moralista, intolerante e hipócrita y unas autoridades que se mofan
de ellos, ellas, pero no tienen empacho en extorsionarlas impúdicamente.
Y que decir de las
indígenas sin tierra, sin derechos, sin protección.
Pero hay una nueva
forma de pisotear los derechos y es el deseo de quitarnos la palabra,
que los poderosos utilizan para descalificarnos, desprestigiar nuestra
labor, justificar su pobre actuación. Acciones que no verán
coronados sus deseos porque la libertad de expresarnos no es negociable
y siempre vendrán otras voces, si las nuestras se acallan, para
Hablar por las que no lo hacen.
Para cambiar este
estado de cosas se requiere mucha unión y esfuerzos. Hay que impactar
fuertemente en las políticas públicas. Abrir albergues para
las mujeres maltratadas, impartir capacitación a las instituciones
públicas, a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, al personal
hospitalario, centros de salud, educativos y a los empleadores.
A los medios de comunicación
respecto a la salud física y emocional de las mujeres y el convencimiento
de transformar los mensajes e imágenes que agreden a nuestro género,
así como establecer una estrategia permanente donde estén
incluidas todas las organizaciones no gubernamentales que se dedican al
tema de la violencia.
Sólo así
podremos poner fin a la violencia que ha colocado a Ciudad Juárez
en el centro de atención del mundo entero.
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