La Vida y la Salud: Derechos fundamentales a}
















 

Reflexiones sobre el SIDA


"Un grito de esperanza"

¿De qué tenemos que avergonzarnos quienes vivimos con VIH-SIDA?

¡Que se avergüencen quienes roban y matan impunemente siendo gobierno!

¡Que se avergüencen quienes persiguen al diferente!



Juan Martínez Fernández

Sábado 1 de diciembre de 2001

El 17 de diciembre de 1970, hace 30 años, llego a compartir la vida con una familia pobre y con escasos estudios académicos.

Es en una comunidad del estado de Veracruz, Chinameca, donde transcurre mi infancia. En sus calles aprendí a ser niño, a reír, a jugar a cantar, a sentir, a llorar y también a experimentar el dolor, la pérdida y la soledad. Es bajo mi techo, en el patio de la escuela, en las banquetas del pueblo, en el interior del templo, en el jardín del parque, en las pláticas cotidianas de la gente, donde me fue dictada una forma de ser hombre. Es ahí mismo, donde más tarde la gente me señalaba, se burlaba, me rechazaba: me reprochaba haber olvidado el deber ser. Y yo, sin entender nada.

¿Quién soy yo? ¿Dónde está la diferencia? ¿Por qué el rechazo? ¿No soy acaso de este mundo? Son preguntas que taladraban mi interior, no sin dejar caer más de una lágrima sobre mi rostro, no sin experimentar la más amarga soledad, no sin dejar su huella indeleble en mi existir.

¿Y qué decir de mi adolescencia? Esos encumbrados recuerdos de la secundaria que hoy me llenan de indignación, la mirada de esa profesora ya entrada en los cuarenta que con voz seca y militarizada me sacó del salón de clases.
- ¡Eres raro! ¿Por qué no juegas fútbol con tus compañeros como un muchacho normal? Ser homosexual es algo muy grave que implica lástima de las mujeres y desprecio de los hombres. - No acababa de entender yo, lo que para ella era la rareza.

A partir de aquella sentencia, no miré más el rostro de mis amigos sin temer encontrar en ellos el repudio o la lástima… era el principio de una agonizante lucha por la vida.

Una de esas tardes de desesperación, en la que parecía no haber horizonte alguno, bebí una buena cantidad de agua con detergente para ponerle fin a este yugo. Debo decir, que lo único que logre fue un buen lavado estomacal, que ya me hacía falta.

Un poco después, conocí a un chico con quien viví una hermosa experiencia, compartimos el maravilloso juego de la amistad, lloramos juntos, reímos como dos chiquillos, soñamos un mundo diferente, compartimos tardes enteras, caminamos en la misma dirección. Sin embargo, yo no entendía lo que estaba sucediendo en lo más recóndito del corazón, ¿por qué pensaba tanto en él? ¿Qué era lo que realmente sentía?…Yo no quería encontrar la respuesta.

A lo largo de la vida, he sido un ejemplo para mi familia y por supuesto para mi comunidad, mi experiencia como docente es satisfactoria. Procuré llenar mi vida de trabajo para no pensar más, para no hurgar, para no responder, para no enfrentar…pero la pregunta seguía ahí, ¿quién soy yo? ¿cuál era el significado de esa relación que de cerca me estaba matando y de lejos me partía el alma de un tajo?

Uno de los tantos momentos de depresión me llevó a una crisis de epilepsia; más tarde a una tuberculosis pulmonar y poco después, ya sin fuerzas y con la rabia de la impotencia, decidí tomar 36 pastillas. ¡Alguien, por favor! ¡Díganme algo! ¡Respóndanme!


En la búsqueda de una respuesta, mantuve una relación con una chica durante nueve meses, esa valiosa experiencia me demostró que mis expectativas estaban en otra parte.

Ciertamente, la vivencia más hermosa y más enriquecedora la viví en las comunidades indígenas popolucas, de las que aprendí a mirar la vida de otra manera, a cambiar el dolor y la impotencia por esperanza y resistencia, a cambiar la vergüenza por dignidad, pero sobre todo, a vivir con libertad.

Mi primera relación sexual con un hombre, dejó un saldo de dolor, de amargura, de desesperanza. "Si esto es ser homosexual, no quiero serlo", me dije. Fui utilizado y ultrajado. Me di cuenta que la respuesta no estaba en una relación sexual, era algo mucho más profundo y mucho más complejo, pero aún no lo entendía.

Ya había comenzado un proceso, ya había logrado captar que el camino era por ahí, pero ahora tenía muchas dudas: ¿pueden enamorarse dos hombres?, ¿qué significa ser homosexual?, ¿es posible vivir así en esta sociedad?.

Las respuestas a todas estas interrogantes, las he ido encontrando en este caminar, especialmente en un grupo ecuménico del que yo formo parte, Génesis.

Los últimos dos meses del 97 y los primeros 7 del 98, fueron de alegría, de empezar a disfrutar lo que me estaba pasando, de darle gracias a Dios por la vida, me sentía como niño con juguete nuevo, aunque no entendiera todavía muchas cosas. ¡Soy homosexual! ¡Tengo derecho a ser diferente! ¡Me quiero! ¡Me amo! ¡Soy feliz! ...

Poco duro este momento, en agosto de 1998 en CONASIDA me dieron mis resultados positivos... me habían quitado mi juguete nuevo, devuélvanmelo, ¡por favor! ¿Dónde está? ¿Quién se quedo con él?.

Ya tenía casi todo preparado para quitarme la vida, cuando alguien que estaba muy cerca de mí me dijo que tenía derecho a vivir. Yo no tenía información, yo creí que pronto me iba a morir. Halla en el pueblo no contamos con mucha información y la que tenemos esta llena de prejuicios. Nunca tuve la oportunidad de tener un condón entre las manos.

¡Ese de la cama 645 tiene cola halla abajo! Decía el vigilante cuando subía al sexto piso del hospital Gabriel Mancera, donde estuve internado todo el mes de febrero y parte de marzo de este año. Una gran cantidad de amigos estuvieron esperando turno para pasar a saludarme. Tanto en el día como en la noche siempre había alguien a mi lado. Durante ese tiempo, pude ser testigo de muchas violaciones a los derechos humanos: negligencia medica, tardanza en los análisis o estudios y en la entrega de resultados y sobre todo la falta de medicamentos que eran otorgados a otros internos que no padecían el virus, argumentando que de todos modos nos moriríamos. Con ayuda del Centro Miguel Agustín Pro Juárez metí una queja en la Comisión Nacional de Derechos Humanos, que tuvo resultados positivos. Debo decir, con el dolor que esto me causa, que, de los 17 enfermos con los que compartí el cubículo solo quedamos dos vivos.

El miércoles 28 de noviembre asistí con un odontólogo por que tenía mucho dolor e incluso bastante inflamada la boca. El médico no quiso atenderme por ser portador del virus. - Y a la señora que paso antes, ¿le preguntó? ¿Sabía la señora si tenía el virus o no? ¿Quién sí lo tiene? ¿Qué pasa con los que no lo saben o no lo dicen? ¿Tengo yo la obligación de decirlo? ¿No tienes tú el deber de cuidar a todos?... ¡no entiendo!

El jueves 29 de noviembre en las instituciones educativas particulares de nivel secundaria, Mark Twain y Dolores Correa Zapata, me toco organizar entre los alumnos un debate. El tema que se discutió fue; "El homosexual nace o se hace". En el marco del día mundial de lucha contra el SIDA, se me hizo fácil dar mi testimonio, con el fin de generar en los muchachos y las muchachas una mayor sensibilización y proporcionar por supuesto la información necesaria sobre los mecanismos de infección y prevención que tanta falta les hace. En ambos colegios la respuesta de las y los jóvenes fue positiva, no así de la dirección de las escuelas que terminaron por expulsarme de la institución. ¿Qué es lo que les causó tanto horror? ¿Por qué negarles la información a los muchachos? ¿Por qué querer tapar el sol con un dedo? ¿Quién decide cuándo y cómo? ¿Qué es lo que pasará ahora con los muchachos? ¿Quién responderá sus dudas? ¿Cómo lo harán?...

Tuve que salir de mi tierra por muchas razones: ¿Cómo podía vivir mi homosexualidad con libertad? ¿Tendría yo alguien con la capacidad de escuchar y entender mis momentos difíciles? ¿Cómo o quién atendería mi estado de salud si no hay servicios médicos? ¿Cómo vivir con el VIH? ¿Encontraría yo trabajo? ¿Qué posibilidad había de vivir en la montaña caminando horas y comiendo frijoles, que es el pan de cada día del indígena popoluca?..

Vivo exiliado desde entonces, añorando mi cultura, mis amigos, mi familia, el sol de mi pueblo, el olor de la yerba del campo, las comunidades indígenas, esa propia forma de ver y sentir la vida. He tenido que aprender a vivir entre el ruido de la ciudad, entre la violencia, entre la indiferencia, entre el individualismo, entre la inseguridad; pero también es aquí, en donde he emprendido una lucha en contra de la discriminación, la intolerancia y en cambio promoviendo la creación de un mundo donde quepamos todas y todos, y los que no son todas y todos pero son.

"He comprendido es este caminar , que el SIDA afecta la salud y la vida del ser humano pero nunca su dignidad y sus derechos"


Por último quiero compartir con ustedes la frase de Facundo Cabral que reza así: "Ojalá y cuando me sorprenda la muerte me encuentre totalmente vivo"

 

¡Que me sirvan de una vez pa'todo el año!

Manuel Zozaya

Entré sin llamar a la puerta, pensando que no habría nadie más que los amigos que dejé cuando salí al baño. Sin embargo me encuentro con un nuevo visitante: Ángel. Es un hombre joven alto, moreno, delgado, pero fuerte, con acento tabasqueño muy marcado, y que alardea de su machismo. Me siento y escucho la siguiente conversación.

--¿A cuántos te has echado Ángel?

--No pus a un chingo ya me he llevado entre las patas.

--A todos mis amigos te los chingaste, ya se murieron todos.

--Pus sí, yo me los chingué.

Evidentemente hablan de un grupo cerrado, donde había relaciones sexuales entre los distintos participantes. El VIH cayó, se diseminó en el grupo, y Ángel pudo infectarse ahí, como en cualquier otro lado. Por supuesto, también cabe la posibilidad de que algunos de quienes tenían relaciones sexuales con Ángel, hayan sido infectados por él, pero ¿quién puede saberlo ahora, cuando la mayoría ha muerto? La conversación prosigue como un juego donde el cinismo fuera el valor fundamental.

Ángel se inició sexualmente a la edad de 11 años, en el baño de las niñas de la primaria a la que asistía. El prefecto lo pescó "en la movida", y a partir de entonces tuvo que sobornarlo periódicamente para que "no fuera a rajar a la dirección y me expulsaran. Ya desde entonces me gustó la putería", agrega sonriendo con malicia. Para Ángel, la putería es el nombre genérico de las relaciones sexuales, sin importar el sexo de la persona o si hay de por medio un cobro. El chiste parece radicar más en la cantidad que en la calidad de las relaciones. Como un deporte, donde lo que cuenta son los tantos, no la manera de lograrlos. Enseguida le pido su autorización para entrevistarlo en privado, a lo cual accede sin mayor reserva.

"Tengo 27 años y soy empleado en una mensajería. Me enteré que tenía VIH en 1991 por unos análisis que me hicieron en el tutelar para menores a donde me llevaron por un intento de violación que no cometí. Me gusta mucho salir con mujeres y todo, de más chamaco andaba con homosexuales, pues me daban dinero, y como yo estaba necesitado en ese tiempo, ellos me mantenían, me compraban ropa, botas, la mayoría me daba dinero. Alguna vez me salí con el estéreo de una casa.

"Actualmente ya nomás salgo con mujeres porque ya gano bien para andar con ellas. Antes, de chamaco no usaba condón, pensaba: 'que se vaya todo mundo conmigo'. Ahora sí uso preservativo para cualquier tipo de relación. Fue mi hijo quien me hizo cambiar mi actitud y la asesoría psicológica que recibí en Sidatel. Lo que pasa es que nació con el VIH, y ahora me da tristeza pensar que puedo volver a embarazar a una muchacha y traer a una criatura a sufrir a este mundo.

"Los condones me los dan en la Secretaría, en Sidatel, donde también obtengo el medicamento, pero no me lo tomo. Lo vendo, porque como fumo droga, cocaína, y está muy cara, tengo que ver de dónde agarro dinero para comprarla y mantener mi vicio. Ahora ya no cobro por tener sexo, al contrario, como ando con puras chavas, ahora yo soy el que paga. Mis amigas no 'prestan' porque me tienen miedo, como saben lo que tengo, entonces tengo que salir, los sábados y domingos, a los municipios para divertirme. La verdad es que bebo bastante todos los días por las tardes luego de regresar de trabajar. Por eso no tomo el medicamento, porque es malo con el alcohol y mejor prefiero tomar alcohol al medicamento, porque siento que con el medicamento me voy a morir más rápido. Un tiempo sí lo tomé y me la pasaba allá en casa de mis padres, como quince días estuve así sin beber, entonces sí me sentí enfermo. Ahora no tomo medicamento, bebo alcohol, fumo cocaína y ando feliz de la vida. ¡Qué me voy andar muriendo!", exclama Ángel, como para darse valor y esconder su miedo; porque sabe que se engaña, y que tarde o temprano conocerá las consecuencias de su decisión.

Fuente: Letra S



Una cadena de infortunios

Manuel Zozaya

La publicidad de ciertos medicamentos antivirales en Estados Unidos muestra personas con VIH realizando grandes proezas físicas, escalando montañas o navegando en veleros.

Ciertamente el sida es una enfermedad polifacética Cada experiencia individual nos muestra una cara distinta. Muchas veces, en un afán de desmitificar al sida como la enfermedad que equivale a muerte, tratamos de mostrar los testimonios más alentadores, los de quienes en medio de un posible desastre saben salir a flote, fortalecerse, renacer, encontrar nuevos caminos y hurgar en el sentido de su vida. Sin embargo, ellos sólo son una parte, quizá mínima, de la multiplicidad de sidas en el mundo. Quizá la mayoría sean historias de devastación y desesperanza. Esta es una de ellas.

"Tengo 28 años y vivo en un pueblo cerca de Toluca. Supe del VIH, cuando me empecé a sentir mal. No tenía hambre ni ganas de hacer nada, tenía vómito y diarrea. Mi esposo me preguntaba por qué no comía. Los doctores me daban medicina pa' la anemia. Mi marido fue el primero en enterarse que tenía sida. Yo no supe cómo se infectó, quizá haya tenido relaciones con otras personas. Hasta que empeoramos los dos y la niña nos enteramos de lo que teníamos. La gente decía que nos estaban embrujando y nos fuimos a curar hasta con brujas, y nunca supimos cómo nos contagiamos.

"Él se enfermó primero, de los huesos y dolor de cabeza. Pensaba que era por levantar cosas pesadas, porque era hojalatero, pero no empeoraba; yo fui la que empeoré. Me internaron en el Hospital San Juan y ahí le dijeron a mi familia que tenía VIH/sida, pero a mí no me dijeron nada, después internaron a mi chiquita, y también resultó infectada. A los quince días mi esposo empeoró; yo creo que por desesperación, al ver que nos había infectado, empezó a tomar y a descuidarse. Le dio una bronconeumonía y murió al poco tiempo. A mí me dijeron que me iba a morir pronto, porque esa enfermedad es incurable. La niña estuvo varias veces a punto de morir. Yo, cuando me enteré, quería morir, porque mi familia me rechazó. Ellos prefieren verme muerta, pues piensan que es contagioso el VIH. No comprenden que sólo se transmite por vía sexual. Afortunadamente mi hija de 12 años no está infectada, pero el niño de ocho y la chiquita sí lo están. Comemos lo que haiga porque no tengo fuerzas para trabajar. Yo quisiera echarle ganas para ver crecer a la niña, que está en La Casa de la Sal, igual que a mi hijo que está débil, descolorido. Por fortuna la doctora Beatriz Ramírez, directora de la Fundación Mexicana de Lucha Contra el Sida, Casa Toluca, ya le está consiguiendo el medicamento.

"He ido a juntas de mujeres con VIH y dicen que están conformes, que con el medicamento están bien, pero yo no me siento bien. Es horrible tomar medicamentos del diario. A veces quisiera morirme y no sufrir esta enfermedad que día tras día me va acabando."

Fuente: Letra S

 

 

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