Welcome to Tijuana

Itala Schmelz

Welcome to the other side...

I. Entre Tijuana y San Diego se abre una frontera geográfica y política de enorme magnitud y gran intensidad. Si cargamos simbólicamente a cada una de estas ciudades con sus atributos más recurrentes, se descubre a una Tijuana atiborrada, centro de vicio y prostitución, que es caos y necesidad, bullicio y corrupción; mientras que San Diego es el orden, el control, la retícula urbana, el racismo y el aburrimiento... Tijuana es la otra cara de San Diego y viceversa; el tránsito constante pone en marcha esta dialéctica de contrarios, dos caras de una misma moneda que no pueden separarse, pero tampoco unirse. El erotismo se asemeja en mucho a esta dinámica de lo fronterizo, del margen y de la exclusión. El dios Jano y su doble rostro: dualidad que persigue la unidad.
Podemos retomar también la oposición generativa entre los dioses griegos Apolo y Dionisio, que observa Nietzsche en El origen de la tragedia, para ubicar esta condición de los lugares fronterizos: de las diferencias que se disuelven y reaparecen en un extraño pliegue o gozne misterioso, al cual Duchamp explicaba con una cuarta dimensión. El gran engarce entre el cuerpo y el espíritu, la razón y el instinto, la vida y la muerte, lo erótico y lo místico.

II. El año pasado, Olga Margarita Dávila, coordinadora del Centro de Humanidades de Tijuana, me invito a participar en su proyecto multidisciplinario Reflejo: el cuerpo erótico y místico. Proyecto originado en una reflexión que ella y Gabriel Santamarina, cocurador de la exposición, se han planteado, respecto a artistas que trabajan, como constante en su obra, a partir de la experiencia sensual y sexual de sus cuerpos, cual fuente inagotable de visiones: a la vez revelación y conocimiento. Música, poesía, performance, plástica y crítica, si incorporamos el presente texto, fueron convocados por los curadores para crear una enunciación conjunta respecto a las preguntas: ¿En qué punto se tocan mística y erótica? ¿Hay en el arte una experiencia mística? ¿Una misma verdad conjunta al arte con el erotismo y la mística?
La noche del primero de septiembre de 1999, se inauguró el evento con una escenificación poético-musical donde lo masculino era el sonido de la guitarra, el instrumento con forma de mujer; y lo femenino era la voz, la histeria que trata de nombrar lo innominado del deseo; el vaivén de eros y tanatos, los juegos de la voluptuosidad invadiendo el cuerpo con una extraña pasión loca.
Para elaborar este espectáculo, Laura Castanedo y Francisco Guerrero reunieron fragmentos poéticos de Robert de Visee, Villa Lobos, Leo Brouwer y Manuel M. Ponce, entre otros autores, para provocar en el público el tránsito por los momentos: ardientes, plácidos, ansiosos y desesperados, del encuentro erótico. Se agradece de esta escenificación, su calidad para abordar temas que lo mismo se internan por pasajes trágicos, cómicos, fársicos o melodramáticos. El manejo de la tensión fue acertada y considero que los espectadores presentes se sintieron identificados en ese recorrido poético-musical por la experiencia erótica.

III. Un largo pasillo de autorretratos abre la exposición plástica, empezando por el de Lourdes Lewis, el cual obliga al visitante a espiar por una cerradura, descubriendo así un cuerpo femenino que yace plácido. ¿Cuál es la llave que abre la puerta hacia ese universo oculto y prohibido?. ¿Qué se encierra, cuando se encierra la desnudez?
Dos lenguas de serpiente se entrelazan venenosas en el retrato dual que se hace Mariano Petit. En tonos sepia, emergen de un fondo orgánico dos rostros gemelos con mirada enloquecida, sus lenguas parecen devorarse, como devoran los remordimientos... El amor propio pude tornarse en odio de sí, en un ensimismamiento confrontado. Felipe Ehrenberg también se retrata escindido. Su complejo fotomontaje está lleno de información, pero se estructura en términos de dualidad. La mitad del cuadro es el negativo del positivo, que está en la otra mitad. La conciencia de sí se bifurca y fuerzas opuestas tensan y distienden la identidad individual. Al cuerpo, como el lugar de esa batalla, Ehrenberg lo llama tierra de nadie, o terreno peligroso. Entre otros elementos del autorretrato, llama la atención que el artista se haya coronado con una calavera de forma fálica.
Al continuar por el pasillo, encontramos otra imagen dual, pero de muy distinto carácter: el díptico en pequeño formato donde Patricia Soriano se hace un autorretrato fisiológico. En un cuadro pinta el rostro de una bebé, y en el otro aparece un close up de una sanguinolenta vejiga, como exponiendo una interioridad sin poesía. Demián Flores, por su parte, señala en unas enormes trompas de falopio, con una flecha, el lugar donde fertilizó su vida. En este cuadro, cuya gama cromática provoca una fuerte sensación a la vez de tierra y de sangre, el autor se autorretrata sin cabeza, sin el yo imperativo de la acción.
En el autorretrato de Daniel Ruanova llama la atención la mirada onda y oscura que acecha entre las manchas accidentales de un action painting acelerado e impulsivo. Ted Nordlander, por el contrario, nos ofrece un autorretrato rico en simbolismos auto-referenciales. En su cuadro Fiesta de mi renacimiento, conjunta, como elementos de un ritual oculto y latente, aspectos del mundo vegetal y animal, en tanto conciencia elevada de todo lo que teje y anima la vida.
Al finalizar el pasillo, una instalación de Itzel Martínez, Tu retrato, nos coloca ante un espejo fragmentado en varios pedazos, dentro del marco de un tocador. A través de esta imagen rota y repetida de sí, el espectador entra en el espacio al que invita la exposición:

Vacía está la isla de los sueños.
Estoy flotando y el placer me eleva
abro los ojos
estoy frente a un espejo.(1)

IV. Un par de pinturas, realizadas por Lula Lewis, donde un gigante se masturba --una de espaldas y la otra de perfil-- parecen, por su altura, las columnas de un castillo de delicias y suplicios. Con estos pilares se levanta la construcción discursiva formada por la obra plástica de la presente exposición, cuya dicción tiene un carácter muy curatorial, en tanto que más que una presentación de los artistas invitados, lo que este proyecto pretende hacer es una lectura que incluya sus obras dentro de un enunciado más amplio.
La exposición no es agresiva o escandalosa, tal vez en la casa de la curadora hay obras sexualmente mucho más fuertes que las elegidas para los muros de la Casa de la Cultura de Tijuana. Ninguna de las piezas alcanza, aunque haya coincidencia temática, los grados de películas como el Imperio de los sentidos, de Oshima, donde la heroína ninfomaniaca le corta el pene a su pareja, después de provocarle una eyaculación por estrangulamiento; o Saló, o las 120 noches de Sodoma de Passolini, donde delirios orgiásticos insitan a los personajes a comerse sus heces, como forma extrema de la perversión del deseo sexual y de la transgresión de los límites.
Esta muestra tampoco es pornográfica, sino que busca compartir con el público una experiencia humana: el erotismo como un ejercicio de la subjetividad, una forma de relacionarse con uno mismo. El reconocimiento de sí mismo, a través del placer, como una forma de conocimiento que lleva a lo más primario y repetido de la mística del ser finito --el hombre-- y su nostalgia de infinitud. Esta exposición invita a explorar la propia sexualidad, des-reprimirla, abrirla como campo magnífico de percepción del mundo y de armonía con las fuerzas generativas del universo.

V. Propongo un ejercicio: pensar algunas de las piezas que continúan la exposición, dividiéndolas en dos tendencias. A la primera la llamaré dialéctica de lo imposible, para ubicar la filosofía de Bataille, y a la segunda la llamaré dialéctica del deseo, inspirada en Duchamp .(1)

(1)Siguiendo las excelentes sugerencias de Alberto Dilger y Cecilia Garza en su taller y casa de San Diego, el día que cruzamos la frontera, y a partir de la lectura de La apariencia desnuda, libro sobre Duchamp, escrito por Octavio Paz.

Bataille elaboró en torno al erotismo toda su vida (desde lo poético y lo literario hasta la teoría y la revisión antropológica del tema), llegando a acumular una consistente postura que ha marcado, sin duda, una manera recurrente de abarcarlo. Para Bataille, el erotismo es la experiencia del límite, la transgresión por excelencia, el derrumbe del orden de lo posible y el acceso a un reino extasiado en la eternidad de un instante efímero, en pocas palabras: lo imposible.
No sólo se trata de experiencias gemelas por su intensidad y arrebato, sino que éxtasis religioso y éxtasis sexual son dos ramas de la misma raíz arcaica, que comunica a lo humano con lo animal. La violencia del deseo sexual despierta, en la carne trémula, la memoria de la caza; el sujeto se vuelve salvaje y exige sangre. El arrebato sexual se asemeja al asesinato, hay un deseo inconfesable de destrozo y de muerte. La violencia del placer espasmódico, nos dice Bataille, es, a la vez, el corazón de la muerte. El ritual religioso, por su parte, siempre ha estado ligado a la muerte. El sacrificio es un asesinato. Ante Cristo crucificado los cristianos practican su piedad. En el grabado de José Hugo Sánchez, La última tentación de Cristo (con la rapidez del inconsciente al expresarse mediante el dibujo sobre la hoja en blanco), se abre la excomulgada hipótesis del orgasmo del crucificado. Semen y sangre derramados atan al culto cristiano con lo más atávico y arcaico.
El impulso erótico, tanto como el religioso, son movimientos que tienden al exceso, su realización se idealiza como la fractura del límite, la fusión con la totalidad, la disolución en la continuidad del ser. El humano, carente y discontinuo, busca en estos arrebatos la paz de la totalidad, que no es sino pulsión de muerte. Entre los conceptos que arrojó Bataille, es célebre la noción de petit mort para denominar los orgasmos. Ese es el título de la pieza de Einar y Jamex de la Torre, quienes elaboraron, en cristal soplado, una pesada pieza que representa un orgasmo: la vagina tiene forma de sarcófago y un falo erecto, con la sangre abultada en las venas, lo penetra, dejando salir un semen espumoso que se derrama por toda la escena.
Dice Foucault, en su Historia de la sexualidad, que debemos atribuir a Hipócrates la acuñación de la idea de petit mort, pues ya entre los griegos él hablaba del pequeño mal. La composición de los hermanos de la Torre evoca las teorías que respecto al orgasmo tenían nuestros antepasados. Hipócrates hizo todo un tratado en el que suponía que la excitación sexual generaba una espuma en la sangre --el semen-- que era expulsada tras el orgasmo.
La portada de la sexta edición de Tusquets(2) de El erotismo, se ilustra con un fragmento de la escultura de Bernini: El éxtasis de Santa Teresa, de la iglesia de Santa María de la Victoria, en Roma. Del ardiente embotamiento al que la llevan sus contemplaciones místicas, la misma santa expresa: "Durante esta agonía, el alma se inunda de inexplicables delicias".(3) La obra de Chanez Santín trata, precisamente, de representar ese contradictorio gesto donde el placer y el dolor extremos se confunden, donde la revelación y el éxtasis se unifican. Realizados con excelente técnica digital, rayana en el diseño y en la estética comic, el autor nos muestra rostros desposeídos de divas conocidas, como Elsa Aguirre y Lucha Villa, en el momento de ser atacadas por la violencia del deseo masculino ¿El amante o el verdugo?

VI. No del todo discordantes, pero con distintos matices, Duchamp ofrece otras imágenes de la dialéctica erótica y mística, a la que hemos llamado dialéctica del deseo. Octavio Paz, en su interesante revisión de la obra duchampiana, vincula principalmente dos de sus piezas centrales: El gran vidrio y Etant donné. La segunda es una obra póstuma en la que se encarna el mismo enigma que pone en marcha a la primera. Se trata de la mecánica del deseo, el deseo que es falta, búsqueda y cuya forma más inmediata es la mirada. El espectador de Entant donné atisba por el orificio de una puerta avejentada, para encontrarse ante una escena que lo incluye: sobre un montón de hierbas secas yace un cuerpo femenino con las piernas entreabiertas, una lámpara de gas en la mano y al fondo un paisaje con montañas, por entre las que cae una cascada de agua.
"El erotismo es la condición de la videncia", dice Paz. Además de ser conocimiento, la visión erótica es creación. Nuestra mirada cambia al sujeto erótico: lo que vemos es la imagen de nuestro deseo. Verse en la mirada que nos mira; pasar de mirar a ser visto, mirado, para mirarse, verse en el otro. La obra de Duchamp transcurre en esta dialéctica del deseo, y en este constante movimiento circular, va de la vida a la muerte, de la plenitud al vacío.
El políptico de Alberto Dilger está formado por una serie de fotografías instantáneas en blanco y negro donde un desnudo femenino es objeto de la mirada deseante de la cámara(4) Ella se acaricia frente al ojo de cristal, con su postura hace cita y homenaje a Etant donné: entre sus piernas se atisba un abismo. Esta secuencia no es una representación del cuerpo desnudo, sino del deseo que éste despierta en quien lo mira. En las fotos se siente un movimiento violento, casi una respiración entrecortada que avanza y retrocede, se desenfoca y tiembla....
También dentro de la dialéctica del deseo podemos ubicar los pequeños fragmentos pictóricos que nos muestra Rosa Ana Garza, de su serie Vouyeristas. En tonos grises, apenas esbozadas, las zonas más erógenas del cuerpo, acariciadas, se sugieren. Un beso puede ser un mordisco y los labios, labios vaginales. La obra de esta artista recuerda que la fuerza motriz del deseo es la fantasía, capaz de dibujar fantasmagóricos delirios, no de lo que se vive, sino de lo que se anhela.
Belleza ígnea es el título del cuadro que exhibe Tania Candiani, una de las piezas más atractivas de la exposición. En gran formato, un escorzo deformante de una jovencita semidesnuda, tendida boca arriba, con un brazo extendido hacia el fondo del espacio pictórico y, en primer plano, una pierna cruzada de la que cuelga un enorme zapato negro que amenaza con salirse del cuadro, hacia el espectador, como una patada. El personaje es una Venus: la juventud inconsciente y a la vez mechero de un deseo fetiche; es la inocencia irresponsable, cuyas gracias atractivas incendian pasiones sin freno. La combustión, precisamente, es el segundo momento del mecanismo duchampiano.
En uno de los extremos del cuadro, la artista marcó el exagrama del I Ching: lo aderente, el fuego. Hacer fuego y hacer el amor pueden ser metáforas mutuas, el fuego anima y destruye, el fuego se inicia por frotación y, lo que el fuego de la pasión despierta, acaba como cenizas: "cenizas deseantes".(5)
Cierra la exposición, la litografía Anafre, de Felipe Ehrenberg. Ahí, el horizonte de fuga femenino ha tornado 180 grados: del infinito de su vientre, como abismo del deseo, se llega al horizonte fugado de una mirada intelectual hacia el infinito. De espaldas al espectador, un desnudo femenino, junto al cual se acumulan libros, en un ambiente apaciguado, llegado con el otoño, contempla y medita.

VII. A manera de clausura, Lula Lewis y Joaquín Duprat realizaron un performance al aire libre. Con caricias de colores, los artistas representaron el movimiento hisomórfico de dos cuerpos haciendo el amor: lucha y atracción, vaivén que se acelera, placer que culmina con náusea, fuego fatuo: "Todo el ardor y el arrobamiento debe desembocar en el vació"(6) señala Lou Andreas Salomé, "¿Y que otra cosa puedo hacer en un vacío sino caer en él?"(7) se pregunta Bataille; mas, para sobrevivir a la caída, esta pareja de artistas se une en un abrazo cómplice, el cual nos recuerda que, este juego, también es el juego del amor.

 

NOTAS

1. Cecilia Garza. La exposición plástica incluyó fragmentos de obras de tres poetas invitadas: Cecilia Garza, Lídice Figueroa Lewis y Beatriz Ledezma Martínez. Reproducidas sobre vidrio, las palabras pudieron ser vistas.
2. Georges Bataille. El erotismo. Barcelona, Editorial Tusquets, 1992. Sexta edición.
3. Santa Teresa de Ávila, citada en: George Bataille. Lo imposible. México, La Nave de los Locos, 1984. pág.12
4. La cual forma parte de la colección Negra o 15 de Circa, su editorial, donde fabrica manualmente una colección de finos libros --o arte objeto-- de su autoría (y en colaboración con otros artistas).
5. Octavio Paz. La llama doble. México, Seix Barral, 1993. pág. 67.
6. Lou Andreas Salomé. El erotismo. Barcelona, Hesperus, 1993. pág. 77.
7. George Bataille. Lo imposible. México, La Nave de los Locos, 1984. pág. 45.