Tate
Modern, quizás el primer museo del siglo XXI
Georges Roque
Desde
hacía varios años, era indispensable un nuevo museo de arte contemporáneo
en Londres. Las numerosas ampliaciones de la Tate Gallery a lo largo del
siglo XX no bastaban para albergar tanto al arte inglés y británico como
al arte moderno internacional. Significativamente, la última ampliación
fue para presentar la excelente colección Turner, y no el arte contemporáneo.
Llegó el momento de buscar otro lugar para presentar más obras y así se
decidió dividir la colección: el arte británico permaneció en la vieja
Tate, ahora rebautizada como Tate Britain, mientras que el arte contemporáneo
internacional se mudó para ocupar el nuevo museo Tate Modern, abierto
desde mayo, en la rivera sur del río Támesis, no muy lejos del South Bank
Center. El edificio es estupendo: se trata de una fábrica de energía construida
en los años cuarenta por Sir Giles Gilbert Scott, el diseñador de la famosa
caseta telefónica roja. Los arquitectos encargados de transformar el edificio
en museo (dos suizos, Herzog y de Meuron) hicieron una excelente labor,
utilizando materiales baratos para evitar la ostentación de lujo inútil
y fuera de lugar, e intentando conservar los espacios y volúmenes originales.
Si bien es cierto que está de moda la recuperación de lugares industriales
con fines museográficos, en este caso se justifica plenamente, dado el
espacio que requieren estas colecciones. Hay lugares de descanso con vista
sobre la inmensa sala central; desde el restaurante y la cafetería en
el último piso se contempla el río Támesis; y cuenta con una librería
bastante grande dedicada al arte contemporáneo, entre otras cosas.
Al
entrar en el recinto por la puerta principal, se topa uno con la gran
galería central (Turbine Hall), un espacio enorme y estupendo (155 metros
de fondo con altura de 35 metros), cuya parte posterior está dedicada
a proyectos escultóricos encargados especialmente para el nuevo museo,
los cuales van a constituir poco a poco un acervo de obras originales
hechas por artistas de renombre. El honor de empezar la serie le tocó
a Louise Bourgeois, dos años después de su exitosa exposición en la Serpentine
Gallery. Su participación incluye una araña gigante, Maman, similar
a la presentada en la muestra mencionada, así como tres torres monumentales
de alrededor de nueve metros de altura, I Do, I Undo y I Redo.
Cada una tiene una escalera en espiral que resulta obligado subir. Arriba
de la primera, una silla como único mueble invita a sentarse para descubrir
la imagen propia reflejada y deformada por enormes espejos. El dispositivo
es interesante por la relación que establece entre ver y ser visto, pues
parte del espectáculo consiste en ver, desde el puente que atraviesa la
sala o desde las zonas de descanso en los pisos superiores, al público
que hace cola para subir a la torre, al que sube y se sienta para después
verse en los espejos deformantes.
Son
numerosos los aspectos en los que valdría la pena insistir, como las horas
de apertura al público (cierra a las diez de la noche los viernes y sábados),
lo que resulta muy práctico, así como el hecho de que la entrada sea gratis
como en la mayor parte de los museos ingleses.(1) Sin embargo, quisiera
dedicar esta reseña a lo que me parece bastante novedoso en el Tate Modern:
la presentación de las obras de la colección permanente, las cuales ocupan
dos de los pisos del edificio (otro está dedicado a las exposiciones temporales).
En particular, habría que ver hasta qué punto podemos coincidir con la
pretensión de los curadores de haber introducido una "ruptura radical
con la presentación tradicional de las obras, que sea cronológica o por
escuelas". Adoptaron, en efecto, un esquema general dividido en cuatro
géneros principales: "La colección 2000 está basada en las principales
categorías temáticas del arte, o géneros, que fueron establecidas por
la academia francesa en el siglo XVII, es decir el paisaje, la naturaleza
muerta, el desnudo y la pintura de historia. La colección sigue la forma
en que estos géneros han sobrevivido y han sido modificados radicalmente
a lo largo del siglo XX".
Tal
y como se presenta, este programa parece adquirir gran relevancia, pues
plantea problemas importantes para la comprensión del arte contemporáneo,
es decir, ¿hasta qué grado las viejas categorías genéricas han guardado
su pertinencia para analizar el arte?; y, por otra parte, ¿hasta qué punto
han sido transformadas por el arte del siglo XX? Los géneros permiten
pensar en la difícil relación que se establece entre tradición y ruptura.(2)
No obstante, la referencia culta a la academia francesa del siglo XVII
no deja de ser muy retórica, por varias razones: en el texto fundador
de Félibien, que establece la jerarquía de los géneros pictóricos,(3)
1) no se trata todavía de "géneros", sino de "temas" (sujets),
ya que la clasificación por géneros es posterior; 2) por la misma razón,
en este texto no aparecen las palabras "naturaleza muerta", ni tampoco
"pintura de historia" (peinture d'histoire"), ni tampoco "desnudo",
que no fue considerado como una categoría en esta época; lo que en cambio,
sí existía, es el retrato; 3) estos temas están clasificados por Félibien
en una estricta jerarquía de la que no se puede prescindir, al colocarlos
en el mismo nivel como si fueran puras categorías equivalentes.(4)
Si
bien es cierto que la referencia a la academia francesa del siglo XVII
resulta bastante exagerada, sin embargo, la idea de presentar las obras
bajo el principio de grandes "géneros" suena bien. Son cuatro las secciones
en las que se dividen las obras: "Paisaje, materia, entorno (environment)";
"Naturaleza muerta, objeto, vida real"; "Desnudo, acción, cuerpo"; "Historia,
memoria, sociedad". Pero, antes de entrar en los detalles de esas secciones,
vale la pena hacer hincapié en la clara y eficaz pedagogía de la escenografía.
Las diferentes secciones obedecen al mismo esquema: en la entrada de cada
sección, o sea "género", una cédula desarrolla, en tres párrafos, el propósito
general del área. Luego, en la entrada de cada sala, otra cédula, también
muy concisa, explica la razón de ser de la sala en cuestión. Y en fin,
aparece, cuando se necesita, una cédula que explica porqué tal obra en
particular ha sido escogida. Además, cabe agregar que, a veces, cédulas
especiales llaman la atención sobre una obra en particular; en esos casos,
no fueron los curadores quienes escribieron el breve texto que acompaña
discretamente a la obra, sino un músico, un escritor o, incluso, un científico.(5)
Pese a que no es obligado leer todo, la información está disponible para
quien quiera entender y profundizar más sobre la presencia de una obra
o de un conjunto dentro de una sala. Considero lo anterior un caso ejemplar
de pedagogía en el buen sentido, pues está solucionado con lenguaje sencillo
sin caer en simplificaciones excesivas, que explica el arte internacional
del siglo XX a visitantes que a menudo carecen de bases. Por ende, esta
preocupación es muy coherente con la entrada gratuita del museo. (Solo
se paga por las exposiciones temporales, como la actual de instalaciones:
Between Cinema and a Hard Place.)
La sección "Desnudo, acción, cuerpo" es una de las que mejor funcionan,
con especial fluidez entre una sala y la siguiente. En la entrada recibe
El beso de Augusto Rodín, obra de los primeros años del siglo XX, y termina
con Bruce Nauman, quien, sea dicho de paso, sirve también de enlace con
la sección "Historia, memoria, sociedad". (A este propósito, llama también
la atención el haber pensado en detalles como las zonas de contacto entre
dos secciones, ya que es posible pasar de una a otra a través de una sala
de transición. De igual manera, entre paisaje/entorno y naturaleza muerta/objeto,
sirve de enlace la obra de Anthony Caro, perdón, Sir Anthony Caro.)
Para volver al "género" del desnudo, el tema es más bien el de las deformaciones
y transformaciones de la representación del cuerpo (primitivismo del fauvismo
y de los expresionistas alemanes); es una estupenda sala con Bacon, Giacometti
(confrontado de manera muy sugestiva con Barnett Newman). Después del
automatismo como transición (los movimientos de la mano), viene con el
Body Art, el cuerpo del artista como objeto de su obra (Rebecca Horn,
Bruce Nauman). Casi hasta el final se presenta una obra muy fuerte de
Steve McQueen: dos hombres negros (uno de ellos es el propio artista)
en una relación compleja entre seducción y pugna, amor y odio, violencia
y sexo, y género.
Sería
fastidioso revisar en detalle cada una de las tres otras secciones;(6)
así, para terminar intentaré analizar en qué medida esta presentación
logra sus objetivos. Desde el punto de vista didáctico, me parece un planteamiento
exitoso, en particular la preocupación por llevar al espectador de lo
conocido a lo menos conocido o a lo desconocido (para el público más popular);
pienso, por ejemplo, en la confrontación visual entre Monet y Richard
Long en la entrada de la sección "paisaje". Por otra parte, el objetivo
de seguir las transformaciones de los géneros a lo largo del siglo también
me parece convincente: en el caso de la naturaleza muerta, se observa
cómo está transformada a partir del cubismo por la introducción de fragmentos
de objetos reales, los cuales toman cada vez mayor importancia, no sólo
como fuentes para la representación artística, sino como manera de subvertir
la tradicional oposición entre arte y vida real (dadaísmo, nuevo realismo,
Pop Art, etcétera).
Sin embargo, lo que precede apunta también hacia el hecho de que, desde
la perspectiva cronológica, este tipo de presentación no es tan radical
como pretende, en la medida en que los cuatro "géneros" presentan una
agrupación inteligente que permite un corte transversal de las colecciones,
pero según secuencias que siguen siendo cronológicas: para la naturaleza
muerta, desde el cubismo hasta Fischli y Weiss o Kosuth; para la historia,
desde los manifiestos de las vanguardias históricas (futurismo, etc.)
hasta Fluxus y Warhol. Sostener que en el guión todavía hay cronología
no implica que el proyecto haya fracasado, sino que se trata de un sutil
compromiso entre la voluntad innovadora en la forma de presentar la colección,
y las exigencias pedagógicas que son uno de los objetivos principales
del museo. Ojalá las próximas presentaciones de las obras (ésta permanecerá
alrededor de un año) muestren la misma mezcla de sensibilidad y reflexión
que nos permite disfrutar de otra manera de una de las más interesantes
colecciones europeas del arte del siglo XX.
NOTAS:
1)
Para dar un punto de referencia, en Francia, por ejemplo, el único día
con entrada gratis en los museos nacionales es el primer domingo de cada
mes.
2) Como excelente ejemplo del uso de categorías genéricas para entender
el arte contemporáneo, véase T. Crow, "The Simple Life: Pastoralism and
the Persistence of Genre in Recent Art", en su libro Modern Art in
the Common Culture, New Haven y Londres, Yale University Press, 1996,
págs. 173-211.
3)
A. Félibien, "Préface aux Conférences de l'Académie royale de peinture
et de sculpture pendant l'année 1667 (1668), en Les Conférences
de l'Académie royale de peinture et de sculpture au XVIIe siècle (bajo
la dirección de A. Mérot), París, Ecole Nationale Supérieure des Beaux-Arts,
1996, págs. 50-51.
4)
Sobre este tema, me permito remitir al libro de próxima aparición Majeur
ou mineur? Les hiérarchies en art, Nîmes, Editions Jacqueline Chambon,
2000, publicado bajo mi dirección.
5)
Por ejemplo, S. Zeki, especialista en las funciones visuales del cerebro,
quien establece un paralelo entre las zonas especializadas de la corteza
y varias características del arte moderno (color, movimiento); véase su
libro (con ideas a veces extrañas), Inner Vision: An Exploration of
Art and the Brain, Oxford, Oxford University Press, 1999.
6) Los interesados pueden consultar el sitio web de la Tate, donde aparecen
los textos así como la lista y algunas fotos de las obras, sala tras sala.
http://www
.tate.org.uk
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