Crónica
del sudor ajeno. Una acción de Santiago Sierra
Cuauhtémoc
Medina
"Muro
de una Galería arrancado para ser inclinado a 60 grados del suelo por
cinco personas". Santiago Sierra, Acceso A, Ciudad de México, jueves 4
de mayo del 2000
19:30
hrs. Apurado, llego a la galería temiendo que los obreros ya hubieran
tumbado el muro, pero estoy de suerte: han topado con cables eléctricos,
así que se entretienen en cortar y aislarlos. Hay varios trozos de tablarroca
en el piso, y sobre éstos un martillo iluminado casualmente como si fuera
una escultura. Es el año 2000 y todo lo estetizamos. La tarde cae por
la ventana, bañada con una luz azul.
En un rincón, Santiago Sierra contesta las preguntas impertinentes de
la prensa: "¿Qué deberían hacer los gobiernos respecto de la miseria?".
"¿Qué alternativa tiene la gente pobre que no sea robar y matar?". Lo
curioso es que la periodista apaga su grabadora, y se va sin siquiera
esperar a que empiece la acción.
19:45
Los cinco cargadores desprenden el muro de tablarroca, y lo corren cuestión
de medio metro fuera de la pared para evitar una columna. Entonces, lo
dejan venir sobre sus cabezas, bajándolo hasta lograr la inclinación requerida.
A todo lo largo de ese proceso los ahoga un diluvio de flashes, que los
trabajadores reciben estoicos pero sorprendidos. Santiago Sierra les da
órdenes con un cigarrillo en la boca: "Cuatro sostienen la pared, y el
quinto toma el puesto de quien se canse o quiera ir al baño". Sin pensarlo
más, el trabajador que está libre saca un alambre e intenta amarrar el
muro de una viga en el techo. Sierra se lo impide sin dar mayores explicaciones
y verifica e que sea correcta la inclinación.
20:11
Obviamente, los obreros no podrán sostener el muro durante cuatro horas
a mano limpia: siguen batallando para mantenerlo apenas estable. Finalmente,
toman una de las escaleras de mano y la ponen como contrafuerte. Sierra
no interviene, quizá porque, a fin de cuentas, la escalera tiene que ser
detenida por uno de los operarios. Los cargadores ríen entre ellos pero,
curiosamente, cada cierto tiempo ellos mismos verifican que la inclinación
del muro sea la correcta. Me doy cuenta que usar la escalera no fue una
forma de rebelión. Todo lo contrario, les permite llevar a cabo su "trabajo"
con toda precisión.
Apenas parece que los operarios han encontrado su rutina, Sierra se retira
de la galería. Los trabajadores harán su tarea sin un director.
20:27
¡Eureka! La escalera les permite trabajar de tres en tres, mientras
dos descansan. El público (finalmente, ésta es una galería de arte) mira
con fingida displicencia. Un camarógrafo repta a los pies de los cargadores
para tomarlos desde abajo, y por un instante los imagino dejándole caer
la pared sobre la cara.
¿Cuál es la imagen que me viene a la memoria? ¿Los hindúes fundamentalistas
derribando la mezquita de Ayodhya en 1992? Pero al lado opuesto del muro
lo que aparece es una estructura primaria minimalista: un plano blanco
y limpio, inclinado casi a la manera de un Richard Serra. Con más precisión,
uno describiría el efecto "escultórico" del conjunto como cercano al repertorio
de Robert Morris. La pieza, con todo y su despliegue de musculatura masculina,
es un desarrollo heterodoxo de Site (1965), donde Morris maniobraba hojas
de triplay ante Carolee Schneeman posando como la Olimpia de Manet. Los
fragmentos en el suelo remiten también a los ejercicios de anti-forma
de Morris de fines de los sesentas. Pero aquí el "escultor" no finge ser
un obrero, sino que es un asalariado real.
20:45
Me distraigo con sucesos nimios: una polilla que entra por la ventana,
los zapatos monstruosos de una chica vestida de gala que cruzan su empeine
con una especie de diadema de escamas verdes de plástico. Uno de los cargadores
recarga la pared en un hombro y por primera vez confronta al espectador.
Por supuesto, nuestra circunstancia es del todo inapropiada: un voyeaurismo
de clase que participa en una estructura de denigración recíproca fundada
en el mutuo desconocimiento. Nadie habla con los trabajadores. El público
mira un rato y luego forma grupitos para hablar de los chismes de sus
cenas, el último capítulo de la telenovela, otras exposiciones e incluso
de política electoral.
Uno de los obreros recarga la pared en su hombro derecho, enciende un
cigarrillo y murmura hacia su compañero: "Llevamos nada más una hora."
21.00
Yo supuse que la paga era medianamente atractiva, pero Montserrat Albores,
quien está a cargo de la galería, me saca de mi error. Los cargadores
repetirán la acción un total de cinco veces, y cada vez cobrarán ciento
diez pesos, algo así como once dólares. Ni duda que los ciento diez pesos
son más del doble del salario mínimo en México, pero tampoco se trata
de un ingreso extraordinario. Sólo por hoy, y por ser de noche, les darán
ciento cincuenta pesos extra. Así es que, en total, cobrarán setecientos
pesos (como setenta y cinco dólares) por veinte horas de estar cargando
una desgraciada pared. Es el alquiler de un cuartucho en una zona pobre
de la Ciudad de México.
Entiendo
que la integridad de la pieza demanda no pagar más allá del estándar salarial
o de lo que pide el operario y, sin embargo, aliviaría la conciencia.
La brutalidad de la obra de Sierra consiste en ilustrar desde adentro
el mecanismo de la coacción económica, la mercantilización del tiempo
industrial, y la de la jerarquía de clases bajo el capitalismo. Reproduce
en escala, pero con toda obscenidad, la explotación del obrero manual
en los sweat shops en México, Tailandia o India, pero también la cesión
monetaria de voluntad que un sicario brasileño ganaría al cobrar treinta
o cuarenta dólares por acuchillar a nuestros enemigos. Lo incómodo de
la situación que se genera en estas acciones viene de exponernos al espectáculo
de un juego mercenario donde resulta posible, como ocurrió en diciembre
de 1999 en la Habana, que seis tipos de clases bajas vendan al artista,
el derecho de tatuarles una línea horizontal a mitad de la espalda. Es
una especie de table dance sin erotismo.
Me
viene a la cabeza la tajante frase de Adorno: "no se puede representar
el modo de producción." Y en efecto, aquí lo que se representa es la relación
salarial, pero no el proceso de acumulación económica. Sierra pone el
foco en la estructura de poder que proviene de la venta del tiempo de
vida, pero no en el mecanismo de la producción y la ganancia. La acción
es, más bien, una meditación sobre el arte como "trabajo inútil" por excelencia,
esa perspectiva abierta por Bataille en su lectura de la "economía general"
centrada en el consumo improductivo. El carácter anti-económico de las
tareas que Sierra impone a sus asalariados también me hace pensar en el
modelo keynesiano. ¿No era acaso Keynes quien recomendaba a los gobiernos,
tras la crisis de 1929, contratar a los millones de desempleados para
que abrieran huecos de día para luego cerrarlos de noche, a fin de generar
demanda para reactivar el mercado paralizado por el crash? Sierra postula
una especie de administración del despropósito, cínicamente explotadora,
obscenamente clasista, y ocasionalmente racista. Resulta incómodo ver
a este artista que no sólo tiene tez blanca, sino acento de Madrid, imponiendo
tareas absurdas a trabajadores latinoamericanos. Lo choqueante en Sierra
es que confina todo sesgo de ambigüedad a nuestros dilemas morales o políticos
como observadores. Las piezas como tales no tienen ambivalencia alguna.
Son decididamente brutales, descarnadas, bajas, desilusionadas, mercantilizadas,
injustas, pesimistas, amargas, oportunistas, secas, inhumanas, ofensivas,
anti-glamorosas y neocoloniales.
Pero
durante esta acción de sostener una pared de la galería, lo que más sorprende
es la autodisciplina de estos trabajadores. No pasan cinco minutos sin
que alguno ponga la escuadra en el suelo y corrija la inclinación del
muro. Toman una orden insensata como si algo dependiera de ella: insisten
en mantener la pared en un ángulo de 60 grados con respecto del suelo,
cuando seguramente 65 o 70 grados implicarían un poco menos de peso sobre
sus brazos. Pienso en el audaz cinismo de Lyotard, al hablar de la contribución
de los obreros del siglo XIX en ampliar la capacidad de resistencia física
y psicológica de los seres humanos, al aprender a tolerar condiciones
de una vida cada vez más intolerables. Quizá Sierra simplemente nos presenta
una ilustración del poder masoquista del autocontrol de productor contemporáneo.
Quizá el tema sea el hechizo de autorregulación que mantiene en pie el
orden social.
21.20
Me equivoqué con respecto de la periodista. Ha vuelto acompañada de quien
parece su marido. No viene de trabajo: la acción ha de haberle producido
una gran curiosidad y no podía perdérsela.
21.30
Tomo una foto más y me decido a hablar con los operarios. Se ríen de la
acción y me preguntan "¿Para qué hacemos esto?, ¿por qué tantas horas?".
Ellos se dedican a poner y quitar muros, pero nunca tuvieron que cargar
una pared durante tanto tiempo. Les explico que el artista los utiliza
para hacer una escultura, y que por eso les han estado tomando video y
fotografías. Ríen, pero no exageradamente: no se ocupan de inmediato sobre
si esto es o no arte, sino que les preocupa la posibilidad de aparecer
en el periódico y ser reconocidos. Temen las burlas de sus compañeros
del taller. "¿No que eras carpintero...?". Luego bromean como si lo que
estuvieran haciendo fuera una penitencia: "Diosito, diosito, ya no pecaremos
más
." El hielo está roto y los obreros charlan con algunos otros miembros
del público. Un tipo vestido de traje se anima a leerles en voz alta fragmentos
del volante que Santiago Sierra imprimió:
Esta operación supone la aplicación de una actividad laboral no necesaria,
e incluso ajena en sus métodos a los usos laborales más comunes. El empleo
de personas en una labor que sería solucionada con algún tipo de contrafuerte
atenta contra la lógica del menor esfuerzo laboral como hacia los criterios
de economía empresarial. [...] Desde el punto de vista del trabajador
no existe la diferencia entre la utilidad o inutilidad de sus esfuerzos
mientras su tiempo sea remunerado.
El
visitante exclama: "¡Pero si ni yo lo entiendo!" Una mujer que lo acompaña
se anima a (mal)interpretarle:
"Es
un ataque contra la idea del progreso..."
21.54
Sierra se ha ausentado casi desde que empezó la acción, por ende, es la
directora de la galería quien toma la determinación de dar término a la
pieza. Quizá la tortura ha sido demasiada, los trabajadores se quejan
más a menudo, pero también sucede que la galerista se confunde al hacer
los cálculos, pensando que ya han transcurrido más de tres horas. No necesita
repetir la indicación. Bajar la pared al suelo es el mayor momento de
peligro. El muro se resbala y casi cae sobre los cargadores y sobre nosotros.
Pero, por fin, Diego, Juan, Jesús, Marco Antonio y Pedro se retiran, luego
de recibir un tibio aplauso y un sobre con dinero.
El más joven, Marco Antonio, me dice con un tono burlón y exacto: "¿Conque
se trataba de que cinco idiotas cargaran el muro? Bueno, cinco
'personas'."
Minutos más tarde, Sierra vuelve. Se ha ausentado durante casi todo el
desarrollo de la pieza. Me explica: "Una cosa es planear la acción, otra
cosa es hacer que la gente lleve a cabo las instrucciones. Me da mal rollo
verlos." Este es un verdugo que cierra los ojos al bajar el hacha. El
muro queda descansando sobre los escombros, quebrándose por la mitad.
De nuevo un Robert Morris espontáneo: una estructura anti-forma. Son casi
las diez de la noche.
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