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En vista de todas las diferencias sociales existentes entre los géneros a través del desarrollo humano en la historia, es notorio que vivimos y hemos vivido en un sistema en donde las relaciones interpersonales, que se dan entre la mujer y el hombre, son y han sido de autoritarismo y de dominio del más fuerte, del más competitivo, del más destructivo, del más obediente a los dictados del sistema y, en general, del que tiene el control del medio en el que se desenvuelve.

Esta reproducción de condiciones e ideologías se han logrado en nuestro medio, asignándole al hombre el papel preponderante y a las mujeres, adolescentes

y niñ@s el papel de propiedad personal masculina, sujetos a la subordinación. En esta relación entre los géneros, con variaciones de grado se da la violencia sexual; esta constituye, una de las formas más brutales de control sobre un ser humano, específicamente sobre las mujeres, adolescentes niñas y niños, que si bien no son los únicos que la viven, si son los que más la padecen.

La violencia sexual es un acto de uso y abuso de poder, en donde a la persona agredida nunca se le enseño como responder ante esta situación, nunca se le dio el repertorio indispensable para manejarlo, y por otro lado, si se le enseño a vivir en una sociedad represora y sexista, es decir, en una sociedad

con diferencias marcadas (de uso y abuso de poder) entre los géneros. Por lo tanto, es poco probable que la persona agredida cuente con las bases indispensables que le permitan poner un alto a una agresión de tal naturaleza.

Debido a la insistencia de múltiples grupos de mujeres preocupados por la gran incidencia de mujeres, adolescentes y niñ@s agredidos sexualmente, en 1988, se llevó a cabo un Foro de Consulta Ciudadana; a partir de este Foro, se replanteo el Código Penal del D.F., en su apartado de Delitos Sexuales y se instauraron cuatro Agencias Especializadas para atender delitos sexuales, en 1990 se crea en la P. G. De J. del D.F el Centro de Terapia y La Dirección de Atención a Víctimas.

A pesar de las instancias antes mencionadas y de las estadísticas que manejan, (en 1990 reportan 4 mil 600 averiguaciones previas; en

1992 refieren 3 mil 969 casos y en el 2000 informan que se concretaron 4 mil 745 averiguaciones) las personas que viven violencia sexual no lo reportan porque no creen en la impartición de justicia, por la falta de sensibilidad de los funcionarios públicos, porque se cambio el modelo de intervención y porque no hay voluntad política de funcionarios que tienen la capacidad de decisión para atacar esta problemática.

Como se puede observar, las estadísticas oficiales son inverosímiles, ya que no nos hablan de la magnitud real del problema, conforme seguimos trabajando, nos percatamos que existe una población muy grande que no lo habla,por miedo, vergüenza, culpa, temor al rechazó, por fundarse falsas expectativas con relación a la impartición de justicia, entre otras causas, lo que da como resultado una cifra negra que se sale del control; que vive devaluada, deprimida, aisladas, con angustia, frustración, con muerte existencial,
   
miedo permanente; problemas escolares, familiares, sexuales y muchas de ellas con sentimientos suicidas. Lo antes mencionado conlleva a problemas graves en la cotidiana convivencia entre los géneros que afecta en la armonía doméstica y colectiva del potencial de desarrollo de nuestro país.
  En conclusión si no se atiende la violencia sexual de forma sensible y consciente, se seguirá reproduciendo una sociedad enferma, limitada en su iniciativa y creatividad, que la obstruye para el avance de una cultura y actitud social inclinada al diálogo, al acuerdo, a la generación de límites, al rescate de valores y al respeto.
                         
    A continuación se presentan algunos testimonios que avalan la realidad
que enfrentan las personas que viven violencia social y sus familiares.
 
    Testimonio 1 Testimonio 2 Testimonio 3  
   

“Cuando empecé a trabajar, dejé a mi hija con dos hermanos y un sobrino de 14 años de edad, durante dos semanas, aproximadamente. Un día, la niña me dijo: “me duele mi colita”. La revisé y me di cuenta de que estaba rozada y con rastros de sangre en su vagina. Al preguntarle qué le había pasado, me contestó: “Joel me puso su pipí en mi colita”.

Cuando mi esposo y yo cuestionamos a Joel sobre lo acontecido, no lo negó. A partir de ese momento nos cegamos, no sabíamos que hacer, queríamos matarlo. No fue así. Llevamos a nuestra hija con la pediatra. La revisó y nos informó que tenía desgarre del himen y que en efecto, la niña había sido violada. Debíamos pensar muy bien si levantaríamos una demanda en contra de mi sobrino, ya que, de hacerlo así, la más afectada emocionalmente sería nuestra hija.

La pediatra nos recomendó a una psicóloga que al no estar especializada en la atención de este tipo de casos, nos canalizó a donde sí lo estaban: ADIVAC.

Decidimos ir a ADIVAC porque nos sentíamos desesperados, sin saber qué hacer y sin nadie que nos orientara respecto a cómo tratar a la niña y como comportarnos nosotros ante esta situación.

Por medio de la atención psicológica hemos podido controlar los deseos de denunciar a nuestro sobrino, para no afectar a nuestra hija con un proceso legal que si resulta doloroso para cualquier víctima de violación, lo es mucho más para una menor de edad, que ni siquiera sabe lo que esta sucediendo.

Actualmente sigue el coraje, la impotencia, y la desesperación de que nuestro sobrino no reciba ningún castigo; sin embargo, hemos entendido que lo principal es salir adelante junto con nuestra familia y cuidarnos para que no se repita una vez más ésta situación, ya que cualquier persona puede ser violentada sexualmente.”

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Lugar: México, D.F.

Fecha: Junio 7 de 1994

Edad: 6 años

Fecha de violación:
Abril de 1993

Fecha de atención:
Mayo de 1993

Tipo de violación:
Individual

Violador:
Conocido (primo de la niña)
   

“Yo fui atendida por la Dra. Laura Martínez Rodríguez cuando trabajaba en CAMVAC. El tipo de ayuda que me brindaron al principio fue terapia individual y, posteriormente, terapia grupal. El tratamiento duró aproximadamente dos años. Después de la violación quedé muy afectada. Un amigo, al verme así, me pidió una cita con Laura.

Fui violada por un cliente de la empresa donde yo laboraba. Dicho sujeto, licenciado en Administración de Empresas, parecía una buena persona, educado, muy correcto; todo un caballero del que todos conocíamos a su esposa e hijos. Era considerado un cliente muy especial para la empresa. En cierta ocasión nos invitó a comer a mí y a otros dos compañeros de trabajo (un hombre y una mujer).

No era ésta la primera vez, pero sí fue la primera y última que acepté la invitación. Abreviando, diré que en la sopa que me sirvieron había anestesia o algo parecido. Por supuesto que tomamos un aperitivo y vino, pero no tanto como para emborrachar a nadie.

Después se propuso ir a tomar un café a otro lado, y anduvimos dando vueltas y vueltas hasta que ya no supe de mí. Ignoro cuánto tiempo pasó. Lo único que recuerdo es el viaje hacia mi casa; estaba adormilada, con mucho escalofrío y con mucho, pero mucho miedo. Recuerdo que le decía a mi “amiga”: “no me dejes, no me dejes”, y ella me contestaba: “ no Ame, si nosotros te queremos mucho”.

A la mañana siguiente amanecí bastante adolorida con moretones en todo el cuerpo y con muchas escoriaciones, no le conté nada a nadie, sin embargo, tuve que decírselo a los del sindicato quienes me apoyaron con un cambio de área de trabajo. La psicoterapia es terrible. Cada sesión revivía todo lo que hubiera querido borrar, pero esto último no era posible. Con la ayuda de la psicóloga aprendí a recobrar la

confianza, tanto en mi como en los demás, sobre todo en los hombres. También me di cuenta de que no estaba sola, que alguien me comprendía y que no había por qué estar siempre angustiada. En cuanto a la terapia grupal, también resulta muy doloroso, escuchar los casos de otras mujeres que tuvieron la misma experiencia, pero ahí es dónde se origina, entre las participantes mucha solidaridad, donde uno aprende a no sentirse culpable; es como volver a nacer. Por cambio de horario en mi trabajo dejé de acudir a la terapia, aunque yo sentía que aún me hacía falta.

Pasado un año, en 1988, acudí con una psicóloga particular, pero ésta, en vez de ayudarme, dudó de mi versión y con un dejo de incredulidad me dijo “ pero si ya hace cuatro años de eso, ya no debe recordarlo”. Como si se tratara de algún pequeño incidente. Esto me hizo ver que no por el hecho de ser psicóloga se pueden entender todas las situaciones. Pienso que si no son especialistas en casos de violación, no podrán ayudarnos.

También acudí al psiquiatra que sí me escucho, y creo que hasta me entendió, pero se mostraba muy nervioso en mis sesiones.

Ahora me encuentro nuevamente con la Dra. Laura Martínez pero en calidad de miembro de la Asociación para el Desarrollo de Personas Violadas A.C. Debo decir que me reencontraron y me siento casi realizada.

Ojalá que otras personas que hayan pasado por un problema semejante se atrevan a ser tratadas en una asociación como ésta, para salir adelante, y no sólo eso, sería deseable que se animaran a colaborar de alguna manera para que haya más centros y podamos atestiguar esta atención, que por si fuera poco es completamente gratuita.”

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Lugar: México, D.F.

Fecha: Octubre 3 de 1995

Edad: 54 años

Fecha de violación:
Noviembre de 1984

Fecha de atención:
Diciembre de 1984

Tipo de violación:
Tumultaria

Violadores:
Conocidos (un cliente y dos compañeros de trabajo)
 
 
 

Carta a mi agresor

Anónimo / 4 de Abril de 2006

 


Mi primer problema es cómo dirigirme a ti:

Muy estimado Sr. De Tal (así era lo correcto en casa y ante el público -omito aquí el nombre real por motivos legales)

Don Fulano (como exigiste a tu séquito de jóvenes a los que formabas, a cambio de servidumbre intelectual)

Ay Fulano… (como te decía mi mamá suspirando, acentuando la á como si no quisiera acabar nunca de decir tu nombre con su voz aguda y salpicada de brillantes notas)

¡Fulan´s! (como te decía mi papá con una exclamación entre sonriente y forzada, en un afán desesperado de no pronunciar tu nombre, de transformarlo en un idioma, gracias al inglés, que le fuera grato, que le recordara sus tiempos del Colegio Americano, única época de su vida en la que se sintió a sus anchas en el campo de fútbol partiendo madres a diestra y siniestra)

El Rey, (como te llamabas tú mismo, “soy el Rey”)

El más grande escritor en la lengua castellana (como te considerabas a ti mismo)

Ese señor (como te decía mi abuela y como te decía mi nana, “ese señor no me gusta”, decían las dos)

O pienso, en cómo te decía yo...Empecé diciéndote también “El Sr. De Tal”, desde que tengo memoria de mi existencia; también supe, desde entonces, que se te había denominado en la familia, tanto por mi mamá como por mi papá, y para justificar tu presencia ante el público, como “el amigo intelectual de mi mamá”.

Cuando me manoseabas las piernas bajo la mesa del comedor familiar, cuando me perseguías al baño y abrías la puerta para verme orinar, cuando me tocabas los pezones cada vez que pasaba junto a ti, como si estuvieras comprobando la maduración de los limones, yo te seguía diciendo “Sr. De Tal, déjeme señor De Tal, suélteme, ya déjeme, cierre y lárguese”. Tenía 12 o 13 años de edad.

Cuando me violaste en el hotel de paso al que me llevaste con engaños, sacándome de la escuela, yo te seguía diciendo: “No, Sr. De Tal, no, ¿para qué? ¿a dónde vamos? ¿a dónde me lleva?”. No me contestabas, evadías la respuesta balbuciendo: “Allá, allá te digo”. Mis compañeros de clase me vieron subiéndome a tu coche, ellos iban en el camión y desde la ventanilla me saludaban sonrientes, suponían que un tío había venido por mí a la escuela. Yo no sabía todavía que ibas a violarme en la siguiente hora, pero haz de saber que en el trayecto me sentí arrancada de mi misma, en un túnel nebuloso, y que tal vez seguir diciéndote “señor De Tal” era un ancla para mí, la única, el único nombre, la única realidad que me permitió no salir disparada hacia lo que ahora sé, hubiera sido mi fin: el suicidio, la locura o la menos la drogadicción.

No salí disparada, pero sí hice intentos, muchos, de desaparecer del planeta, de perder la razón y de volverme adicta, a lo largo de cincuenta años de vida, a una vida triste, desdibujada en el maltrato, la ansiedad y en la opresión. Me mantuvo firme la palabra, ésa no me la quitaste, no me pudiste hacer que dejara de llamarte “Sr. De Tal” ni cuando, 10 años después, preparaste el escenario para volver a violarme y entre los forcejeos de mi cuerpo delgado sucumbiendo a tus noventa kilos de peso, conseguiste lo que querías y te ufanabas de estar dentro de mí, y me decías: “Te estoy cogiendo, Ethelvina”, yo no te contestaba, en efecto, “me está cogiendo Sr. De Tal”.

No lo lograste. Yo te hablaba de usted y te decía “señor De Tal”, incluso meses después, cuando ya éramos amantes, pues pasé de niña violada a mujer violada a amante que consiente en tener relaciones sexuales con el amante de su madre. Con tu boca y tus manos convenciste a mi cuerpo, nunca con tu ser, con tu hombría. Me volvías loca acariciándome y lamiéndome el pubis hasta sacarme orgasmos celestiales. A cambio de eso, tenía que pagarte dejándome penetrar, cosa que yo odiaba pues me daba asco, tu verga me parecía viscosa, y yo tenía que fingir entusiasmo para que te salieras lo más pronto posible. Te dabas cuenta, y entonces me hacías una faena en la que me llevabas al placer, pero a costa de mí misma, de mi propia voluntad. Yo no deseaba sentirme así, dividida, ansiosa, manipulada totalmente por las emociones que me provocabas. Dentro de mí seguía siendo yo, ¿entiendes?, aunque de eso muchas veces no me daba cuenta, porque tu veneno era doblemente abusivo: utilizabas también tu ascendiente intelectual y tu condición de maestro para violar mis propias convicciones y obligarme a pensar como tú necesitabas para que yo siguiera necesitándote.

Me hacías creer que tú eras el hombre superior, maduro y generoso y yo la jovencita medio puta y medio gnomo tramposo como me decías, a la que tú convertirías en tu mejor obra maestra, luego de enseñarle a ser una hembra de verdad en la cama y elevarle el espíritu a la altura de su propia belleza. Sin ti no sería yo nadie.

Solo tú podías obrar el milagro de darme a luz. Cada vez que yo levantaba la cabeza, ahíta de tus arbitrariedades y tus injurias, porque algo dentro de mí no se convencía de tu postura, tú arreciabas las torturas y con tu lepra verbal me destruías: “Estúpida, ¿crees que tienes un paraíso maravilloso entre tus piernas? No sabes ofrecerlo, tu belleza es mayor que tu alma, cuando tu alma llegue a tener la belleza de tu rostro, serás una joya total, estúpida, no sabes nada, no entiendes nada, todos los hombres se disputarían tu amor, tonta, no das nada, estúpidas brujas las mujeres, quieren todo y uno siempre ha de dar. Mira, sí, tengo parada la verga, quiero cogerte, pero no te la voy a meter, perra, no vales nada, lárgate y déjame en paz. Mira cómo soy tu amo y tú mi esclava, deja de ser esclava y conviértete en mi reina, estúpida, quiero a una mujer en serio, pero ay de ti si dejas de ser mi esclava que soy el rey y has de saberlo sobre tu cuerpo y sobre tu espíritu”. Eso ocurría mientras me azotabas contra la pared, con tus noventa kilos de violencia, e intermitentemente, cuando me veías a punto del colapso, me acariciabas susurrándome al oído que me amabas.

Me pedías y me exigías en todos los tonos que te dijera Fulano, por tu nombre. No podía hacerlo.Te enojabas, me repetías que las mujeres se venían diciendo tu nombre, me contabas cómo mi madre se bebía tu nombre en cada orgasmo, yo sentía una mezcla de dolor y de locura que me paralizaba. Pero no hubo modo de que lo lograras. Opté por hablarte de tú, pero sin referirme a ti con ningún nombre. Me ponías todo tipo de derivaciones de mi nombre, acuciándome, supongo. No cejé. Así que, no recuerdo en qué momento, surgió el apodo con el que yo te nombraría en adelante: reyito, de reyecito, de rey ¿no te sentías el rey? La palabra reyito no existe, yo la fabriqué para nombrarte, ahora veo lo eficaz que fue: era mi manera de tenerte en mis manos, si tú te crees el rey, yo te digo reyecito, un rey chiquito, pero además, le quito una sílaba para hacerlo más infantil, menos peligroso, y lo bautizo como mío, aún menos peligroso.

Todo esto vengo descubriéndolo ahora que te escribo esta carta.

Me quitaste casi todo, el amor de mi familia, la cordura de mi familia, la posibilidad de tener una infancia y una adolescencia naturales, con risas y alegrías y cambios y esperanzas. Me quitaste un matrimonio, la época de la maternidad biológica. Me quitaste algo más fundamental: el amor por mi misma. Me quitaste a mi padre, que se quedó atrapado en la neblina; me quitaste a mi madre, que se quedó atrapada en la obsesión lúbrica; me quitaste a mi hermano que se hundió en la inmovilidad y el alcoholismo, mi quitaste a mi hermana que se amargó en la frustración y la frigidez. Casi todo, porque no me quitaste aquello de lo que tanto te jactabas tener por encima de los demás, aquello que creíste que tú me regalabas y que hacías posible en mí: mis palabras, mi capacidad de nombrarte y de nombrarme y de nombrar las cosas y de nombrar al mundo.

No eres más que el señor De Tal, el amigo intelectual de mi mamá, Fulan´s para mi papá, Don Fulano para los jóvenes que te admiraban y de quienes tú abusabas con tu reptílica violencia verbal. No eres más que “ese señor” para la abuela y la nana que sabían lo que pasaba pero no tuvieron la posibilidad de detenerte, porque no eras fácil, no eres fácil, te pertrechas de buenas armas, seduces, impones. A mí me hiciste todo lo que tu enfermedad emocional te dictó.

Te aprovechaste de mi admiración por tu talento para escribir, traicionaste la confianza que yo depositaba en tu condición de maestro, que tú mismo me ofreciste cuando por fin, a regañadientes, en parte aceptaste que mi vocación literaria era auténtica, pero sobre todo, porque esta vocación sería el subterfugio con el cual me atarías a ti, obligándome a que te enseñara el culo antes de revisarme un poema.

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Me utilizaste para vengarte de mi padre que te quitó a la amada de tu juventud convirtiéndola en su esposa, te vengaste de mi madre por haber preferido llevar una doble vida entre tú y mi padre, tomándome en prenda para botarla cuando envejecía y restregarle en la cara mis muslos duros y mis pechos parados. Convertiste en rivales a muerte a una madre y una hija que nunca supieron lo que fue el calor filial. Mientras tú arrasabas con la malicia de tu madurez, con el peso de tu prestigio de escritor, con el dominio psicológico que ejercías en toda la familia y con tus noventa kilos de músculos rabiosos, yo no tenía elementos para defenderme, ni por edad, ni por conocimientos, ni por un contexto familiar y social que me apoyara. Libraste contra mí una guerra sin cuartel, totalmente desigual, abusiva, cruel, perversa. Pero recuerda, querido maestro, quién venció a Goliat. A fin de cuentas no lograste lo que querías, porque mi palabra no te perteneció. No te doy tu nombre, me doy el mío, soy Ethelvina, soy Ethelvina, no puedes volver a mutilarlo quitándole el apellido paterno como si fueran los testículos de mi padre. Yo no te digo “Fulano” porque no soy ella, no soy mi madre, no soy su sustituta joven. No soy tu obra. Soy mi propia obra.

Tuviste mi cuerpo, torciste mi voluntad a tu servicio, hiciste lo que quisiste con mi nombre. Pero yo jamás pronuncié el tuyo en el momento en que tú querías, ¿sabes por qué? Porque era mi ancla, lo que me permitió no entregarlo todo, lo que me sostuvo. En el fondo, nunca me entregué a ti. Me entregaba a lo único que podía salvarme: mi palabra contenida en mi garganta. Ésa fue mi única forma de decirte no, de negarme, de defenderme, de resguardarme, de salvaguardarme, de conservarme como un ser con existencia propia. Pues aunque lograste envenenarme la mente, sorberme la emoción y poseer mi cuerpo, algo dentro de mí se mantuvo intacto.

Estoy releyendo mis diarios: estoy redescubriendo mis propias palabras, mi auténtico ser que, ahora veo, nunca desapareció, porque en esos diarios expongo de una manera brutal y desnuda los hechos, los diálogos de tuvimos, la forma en que me humillabas y cómo yo sí me daba cuenta, la rabia y el odio que te tenía y de los que sí me daba cuenta, y además lo decía con todas sus letras en el papel. Sólo el papel me escuchaba, en el papel me reflejaba y en el papel mantuve mi cordura.

Veo con claridad en esos diarios que lo que yo buscaba en ti era el amor de mi madre que me habías quitado tú: si me sentía amada por ti, era como si me amara mi madre. Buscaba a través de ti el abrazo que ella no me daba, la caricia, el pecho donde cobijarme… Sí, me dabas caricias y abrazos, sólo cuando tú querías y lo considerabas necesario para seguir inoculándome el veneno que me mantenía ligada a ti; convertiste mi necesidad de ternura física y maternal en una orgía carnal para volverme adicta a las sensaciones que tu malicia sexual que provocaba. Yo era una niña buscando a su madre, pues si para ella tú eras el ser más importante del mundo, que tú me amaras, me daría ipso-facto la calidad de ser amada por mi madre. ¡Qué aberración!, ¿no teparece? No, no te parece. Para ti todo giró siempre en tu necesidad de sentirte poderoso: arriba de los demás, chingar a todo mundo, aplastar, destruir: en realidad eras un espíritu empequeñecido, lleno de terrores y gran pobreza humana. Pero no te sientas tan poderoso, pues no me quitaste mis palabras. No me destruiste, cabrón. No me amaste, tampoco. Me mamaste y me cogiste. Me manipulaste y me torturaste emocionalmente y hasta llegaste a golpearme físicamente. Pero aquí estoy, Fulano de Tal, ahora sí, diciéndote tu nombre, tal como fuiste, yo, Ethelvina , tal como soy.

Creo en un más allá espiritual lleno de amor y de energía divina. No creo en el cielo ni en el infierno, tal como lo pinta la tradición. No creo en venganzas ni en condenaciones eternas. Creo que tú formas parte ya de ese más allá, en el cual todos nos transformaremos en nuestro camino evolutivo. A ti te va a costar más trabajo tu camino, pues tu paso por la tierra estuvo lleno de primitivismo. No sé si exista la reencarnación y tendrás que renacer tratando de mejorar una y otra vez en cada ciclo hasta lograr tu estado espiritual. No sé si yo reencarnaré. Pero te aseguro que en esta vida aprendí la lección, y este paso de recuperación que estoy dando ciertamente me libera de tu influencia sobre mí. Tú no tienes elpoder sobre mí. En el fondo, nunca lo tuviste. No te voy a olvidar, pues eso es imposible. Pero te voy a poner en el lugar que corresponde en mi vida: un ser enfermo de perversión al que nadie le puso un alto en mi familia, salvo yo: te lo puse, Fulano de Tal. ¿No me ves aquí?

Mientras tú te creías el Cid Campeador, cabalgando alegremente sobre mi persona, yo abría mi cuaderno y escribía lo siguiente, quiero que lo sepas, el 12 de Septiembre de 1970:

Ya no quiero caminar las mismas calles,
ni detenerme en las mismas esquinas. Ya
no quiero dormir por la noche, no quiero
callarme en el silencio ni reír en la alegría.
No quiero ser eco de la historia. Pero para
eso he nacido. Ya no quiero llevar el mismo
nombre. Quisiera cambiar de idioma,
de corazón y de muerte. Quisiera cambiar
mi muerte por el eterno eco de la historia
El anhelo de morir lo descargo escribiendo: mis escritos ya no mueren, ya no muero yo porque estoy presente en lo que he escrito. También escribo por la libertad. Soy libre de escribir lo que sea y cuando sea. Soy libre de expresión. Me soy fiel: escribo para perpetuarme tal como soy.

Oíste, ¿maestro?, ¿has oído a semejante niña de 15 años defenderse del dragón con una simple pluma? ¿No te da vergüenza? ¿No tienes mucho que aprender todavía de la lucha por la vida, del fragor auténtico de las palabras? ¿Quién era la verdadera maestra y quién el indefenso reptil que se ahogó en su propio vómito?

No te perdono. La niña, la joven, la mujer madura, no te perdonan. Toda yo no te perdono, pues actuaste con premeditación, alevosía y ventaja, sabías lo que estabas haciendo, no tuviste piedad ni consideración para mí, ni valentía para enfrentarte con tus propios demonios y tratar de superarte, nunca intentaste cambiar, hacer las cosas mejor, no pusiste en duda tu actuación, todo lo justificabas sintiéndote en genio creador que no se apega a la mediocridad de las reglas y los límites. Pobre pendejo, cuánto me parece pequeño tu espíritu, y pensar que tanto sufrí innecesariamente. Nunca te tuve amor, aunque lo hubiera dicho y muchas veces escrito: era miedo, indefensión, y la propia torcedura emocional que gozabas encajándome cada vez que quería despertar a la realidad. Te tengo lástima, desprecio, y si pongo en la balanza lo positivo y lo negativo de nuestro encuentro en la tierra, lo negativo llega hasta el fondo del magma. Lo positivo fueron algunas conversaciones radiantes sobre literatura, los poetas que descubrí contigo, cierta magia que por momentos sentía que nos rodeaba.

Pero no creo en un Dios o Diosa castigador y vengativo. Dios-Diosa es una vibración amorosa, fuente de toda creación. Si allá te encuentras tú, tú mismo habrás llegado a pedirme perdón por todo el daño que me hiciste, y a pedirte perdón por lo que a ti te hiciste, por la profunda infelicidad que sin duda te provocaste. Y con suerte, y por el amor que te rodee en ese más allá, habrás de perdonarte.

Me congratula saber que no tuve que esperar a que murieras para salir de tu prisión. Aunque me tardé muchos años, puede escalar el escarpado pozo y reconstruir los pedazos de mi vida, pude decirte con todas sus letras un “no” definitivo y cerrarte la puerta de mi casa. Aunque no hubo modo de hacerte pagar por ley los delitos que cometiste contra mí (abuso sexual en sus modalidades de acoso, estupro,violación, maltrato físico y psicológico), pues habían prescrito para entonces, según el código penal, sí pude disfrutar el sentirme desligada de ti, durante los últimos siete años de tu vida. En el transcurso de esos siete años me abrí al amor de un hombre y tuve con él una hija. Busqué ayuda profesional para sanar las heridas que todavía sangraban. Y ahora, con el rostro en alto y la mirada clara, he logrado escribirte esta carta para enfrentarme, por fin, a mi agresor.

Nombre ficticio: Ethelvina


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